domingo, 7 de junio de 2009


Quién iba a decir que el tipo (el que todos esperábamos que cumpliera) no iba a llegar y no sólo desaparecería sino que también se encargaría de borrar todos sus rastros. Así alguien lo lloró y algunos amigos llegaron a la conclusión (porque el tipo siempre hablaba del suicidio) que se había matado cerca de Volcán (datos aportados por él en ciertas ocasiones) un ínfimo pueblo del Norte.
Claro: el tipo esa tarde faltó al trabajo, llamó a una mujer para decirle que no la quería más, compró tabaco para su pipa y se dio a la fuga. Una fuga sin testigos. Sin asesinatos. Sin cuerpos. Sin policías braguetudos. El tipo huía de si mismo y esto lo llevó a un extremo tan tenso que muchos años después se supo que estaba en Dallas vendiendo cuchillos Randall. Esta noticia (improbable) se hizo sentir por una de sus tantas amantes, que leyendo el diario una mañana, dijo haber visto una foto del tipo en los avisos clasificados. Una vez más el rumor es una anécdota para los aburridos. O para esas personas que decían (en aquél momento) haber querido al tipo o a la cosa del tipo y nadie ni nada pudieron frenar las torturas del silencio.

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