jueves, 21 de mayo de 2009


Son días en los que dormís ocho horas, extrañas lo suficiente y tenés ganas de escribir. Esos días (y no otros) te hacen acordar las calurosas tardes de enero en la pileta del Parque Sarmiento. Tenías doce o trece años. Siempre con vos (y en esos años) tu perra Adelaida, tus zapatillas topper , tus piernas inquietas y ese ir y venir por el mundo de “los grandes”. Fue ahí donde viste por primera vez a dos perros haciéndolo. Estaban entre la gente, salvajemente pegados. Detrás escuchabas el chillido de las chicharras, las voces que venían de la pileta y los consejos de los Guardavidas.
A pocos metros estaba el negocio de tu abuelo, el centro de jubilados, la cancha de bochas, la torre central, el vestuario de caballeros y una pista de atletismo casi profesional.
Todo rodeado por árboles y misterio.
Otra tarde (atrás o adelante) te sentaste en la escalera del vestuario con una botella de naranja Crush y un pancho. Adelaida a la diestra de la ocasión. Alguien te saludó, un tipo con esos apodos del orden de “Pipito”, “Beto”o “el Colo”; todos éramos parte de un verano en fuga. Después llegó tu pasión por el ajedrez, las partidas sin aliento con Bermúdez (el mejor ajedrecista del centro de jubilados), los entrenamientos de remo con Montinni y el primer beso detrás de la torre central. Arriba (en esa torre) había una bolsa de box, algunas pesas tiradas y una ventana pequeña que daba a un techo de tejas maltratado por las palomas.
Hoy estoy tomando un café mientras escribo esto y confieso que es la primera vez que lo hago. Ese parque y esos personajes inolvidables siguen jugando a las escondidas y me es muy difícil atraparlos. Prefiero que sigan ahí, en ese anonimato de la seducción, en un diálogo constante.
Todavía la veo a Adelaida venir corriendo desde el negocio hasta el portón verde de la entrada del parque. Correr y ladrar, ágil, lejos de la maldad del mundo.
Saltando hacia el infinito de mi infancia.

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