domingo, 3 de mayo de 2009


Este domingo estuve leyendo, casi toda la tarde, La broma infinita de Foster Wallace. Estaba sentado en un parque rodeado de familias entretenidas, parejas abrazadas y perros con la lengua pegajosa por el pasto.
En cierto momento (no puedo decir cuándo. Tal vez a la altura de la página noventa y cinco, después de la cita treinta y dos y antes de leer “…la mayoría de las pequeñas y necesarias crueldades que forman el carácter…”) pensé en los encuentros. Digo (me dije) en los encuentros en mi vida hasta este momento. Y tuve la sensación de estar en una sala de cine mirando una película rodada hasta mis treinta y cinco años. Detrás estaba ese parque, ese sujeto leyendo una novela y esos animales babeantes. Hubo un corte y en un segundo plano una mujer me tomó de la mano y me dijo algo que no alcancé a escuchar. Esa mujer, como hembra y arquetipo, fue la protagonista principal de todo ese movimiento fílmico acordado por el Director. Entonces hubo otro corte y la escena me llevó a una habitación oscura con muchos libros desparramados custodiados por una pequeña ventana. El Director no dejó de marcar la influencia de la luz en la filmación y la capacidad de la heroína (esa mujer, hembra y arquetipo) en llegar tarde a la cita.
Esa mujer jamás llegó.
Volví al libro, a esas coordenadas geográficas establecidas por los personajes, y en la página noventa y seis tuve muchísimas ganas de hacer el amor.
Casi eludiendo los embotellamientos tácitos de la memoria llegué a pensar que la felicidad se podía compartir. Cosa extraña en mí. El Director (que en este caso es un personaje narrativo que trata de extraviar al lector) me preguntó el por qué de mi angustia.
Cerré por un momento la novela y traté de explicarle que no sabía cómo terminar este texto y que además no pude abrazar a esa mujer en la terminal de Retiro.
Entonces el punto está en la heroína como hembra y mujer de todos los arquetipos, replicó el Director.
Sí hay un punto, le dije, es imaginario.
Página cincuenta y siete: …¨Cuando los sueños de arañas y de alturas han sido dolorosos, Orin necesita por la mañana tres tazas de café y dos duchas y a veces salir a correr para poder aflojar el estrangulamiento que siente en el cuello de su alma; y estas mañanas son aún peores si se despierta acompañado…”

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