miércoles, 6 de mayo de 2009

Eso que decimos saber y que ante la pregunta o el gesto del otro nos derrumba. O tal vez la presencia de la cosa moviéndose como una rémora. Esa anarquía del silencio anticipado y el codo que trata de acomodarse a lo imprevisto. Y nada resulta como era porque el silbido del tren se escucha lejos. Entonces alguien nos intima con una mueca compartida y los actos son precariamente insolventes. Nada más contradictorio que el impulso de la bestia. Y en la sala de espera del hospital Durand una mujer grita alcoholizada y la expendedora de café se olvidó del sufrimiento. Y a mi lado (los ángulos interiores de un triángulo suman ciento ochenta grados) hay otra persona y otra y otra y a todos nos duele el soma. La puerta se abre por orden de llegada y la muerte (si es que está) nos deja circular con cierto entusiasmo.
Quién sigue, pregunta un médico, y alguien te ofrece un chicle de menta.

1 comentario:

lula dijo...

tremenda noche la que pasamos en ese pasillo... lo único que uno puede pensar además, es cuánto amor y tantas gracias, mientras
el gato sigue dormido en la silla roja...