miércoles, 27 de mayo de 2009


Esas cosas y no otras. El anticipo exacto de la duda. La magia de esa palabra inesperada. Un llamado desde lejos a cierto lugar aun más lejos y la voz (de esa mujer) que te dice “cuídese”. Y rece. Entonces estás en tu casa esperando que el mundo celestial te de una respuesta y te dice (esa mujer) que el hallazgo llegará después. Y esa noche pensás en la traición y en la maldad como un niño resentido que se olvidó que vivió treinta y pico de años. Nada tiene importancia porque has salido de peores. Es más: mañana todo te parecerá un chiste.
Imposible dejar de leer Lisa y beber con R en la oscuridad.

jueves, 21 de mayo de 2009


Son días en los que dormís ocho horas, extrañas lo suficiente y tenés ganas de escribir. Esos días (y no otros) te hacen acordar las calurosas tardes de enero en la pileta del Parque Sarmiento. Tenías doce o trece años. Siempre con vos (y en esos años) tu perra Adelaida, tus zapatillas topper , tus piernas inquietas y ese ir y venir por el mundo de “los grandes”. Fue ahí donde viste por primera vez a dos perros haciéndolo. Estaban entre la gente, salvajemente pegados. Detrás escuchabas el chillido de las chicharras, las voces que venían de la pileta y los consejos de los Guardavidas.
A pocos metros estaba el negocio de tu abuelo, el centro de jubilados, la cancha de bochas, la torre central, el vestuario de caballeros y una pista de atletismo casi profesional.
Todo rodeado por árboles y misterio.
Otra tarde (atrás o adelante) te sentaste en la escalera del vestuario con una botella de naranja Crush y un pancho. Adelaida a la diestra de la ocasión. Alguien te saludó, un tipo con esos apodos del orden de “Pipito”, “Beto”o “el Colo”; todos éramos parte de un verano en fuga. Después llegó tu pasión por el ajedrez, las partidas sin aliento con Bermúdez (el mejor ajedrecista del centro de jubilados), los entrenamientos de remo con Montinni y el primer beso detrás de la torre central. Arriba (en esa torre) había una bolsa de box, algunas pesas tiradas y una ventana pequeña que daba a un techo de tejas maltratado por las palomas.
Hoy estoy tomando un café mientras escribo esto y confieso que es la primera vez que lo hago. Ese parque y esos personajes inolvidables siguen jugando a las escondidas y me es muy difícil atraparlos. Prefiero que sigan ahí, en ese anonimato de la seducción, en un diálogo constante.
Todavía la veo a Adelaida venir corriendo desde el negocio hasta el portón verde de la entrada del parque. Correr y ladrar, ágil, lejos de la maldad del mundo.
Saltando hacia el infinito de mi infancia.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Supongo que la promesa jamás se cumplirá y seguirás vagando entre los estatutos de la ocasión. Y esos perros ladradores harán que el asunto se prolongue y todo se esfumará. Como esa avenida de las pesadillas y esos autos cargados de terror. Como dicha de saber que la soledad es una hembra inalcanzable y que el acierto no es más que una arbitraria confusión. Sin nombrar esas noches de vinagre entre esperas y silencios. La sintaxis es confusa y alguien se sacará el sombrero para orinar. Es como en esas novelas latinoamericanas donde los personajes son un escape y la lectura una ilusión. Entonces el tipo dice que el amor es otra cosa y sólo se dedica a escribir. A veces fuma unos cigarros espantosos y lo hace en la oscuridad. Sin remordimientos. Hasta el final.
Negro el once.
La Casa se reserva el derecho de admisión.

miércoles, 13 de mayo de 2009

Es que siempre por más que no quieras te encontrás con un pelotudo (nene de papá) que te habla de poesía y dice que los poetas viven "en lo abierto” mientras se rasca la cosa y hace que todo se transparente en un accidente tácito entre lo que es y lo que se supone que será y el poeta queda detrás y el tipo (al que el papá le compró su librería, la casa, el auto y la soberbia) te deja esos papelitos estúpidos pegados en el mostrador :“Andrés tenés que prestar más atención”, claro te decís o no sabés qué hacer porque estamos en crisis y la guita es una mugre y ese tipo (que habla de esos escritores latinoamericanos) contrata a otro tipo de manera miserable para que le cuide el capital. Entonces la proporción se equilibra y el tipo contratado vigila (porque ese es su trabajo) los arbitrarios caprichos del señor y cuando terminamos de trabajar nos revisa los bolsos para asegurarse el pan y la miseria del impostor.
Ya en tu casa, después de la segunda copa, abrís La broma infinita de Wallace y todo te parece un mal chiste. Es más: te lo imaginas al nene de papá en la cama con una mujer aburrida fingiendo un tamaño engañoso, haciendo gozar el semblante de un maniquí.

miércoles, 6 de mayo de 2009

Eso que decimos saber y que ante la pregunta o el gesto del otro nos derrumba. O tal vez la presencia de la cosa moviéndose como una rémora. Esa anarquía del silencio anticipado y el codo que trata de acomodarse a lo imprevisto. Y nada resulta como era porque el silbido del tren se escucha lejos. Entonces alguien nos intima con una mueca compartida y los actos son precariamente insolventes. Nada más contradictorio que el impulso de la bestia. Y en la sala de espera del hospital Durand una mujer grita alcoholizada y la expendedora de café se olvidó del sufrimiento. Y a mi lado (los ángulos interiores de un triángulo suman ciento ochenta grados) hay otra persona y otra y otra y a todos nos duele el soma. La puerta se abre por orden de llegada y la muerte (si es que está) nos deja circular con cierto entusiasmo.
Quién sigue, pregunta un médico, y alguien te ofrece un chicle de menta.

domingo, 3 de mayo de 2009


Gracias Idea por tu poesía.

Este domingo estuve leyendo, casi toda la tarde, La broma infinita de Foster Wallace. Estaba sentado en un parque rodeado de familias entretenidas, parejas abrazadas y perros con la lengua pegajosa por el pasto.
En cierto momento (no puedo decir cuándo. Tal vez a la altura de la página noventa y cinco, después de la cita treinta y dos y antes de leer “…la mayoría de las pequeñas y necesarias crueldades que forman el carácter…”) pensé en los encuentros. Digo (me dije) en los encuentros en mi vida hasta este momento. Y tuve la sensación de estar en una sala de cine mirando una película rodada hasta mis treinta y cinco años. Detrás estaba ese parque, ese sujeto leyendo una novela y esos animales babeantes. Hubo un corte y en un segundo plano una mujer me tomó de la mano y me dijo algo que no alcancé a escuchar. Esa mujer, como hembra y arquetipo, fue la protagonista principal de todo ese movimiento fílmico acordado por el Director. Entonces hubo otro corte y la escena me llevó a una habitación oscura con muchos libros desparramados custodiados por una pequeña ventana. El Director no dejó de marcar la influencia de la luz en la filmación y la capacidad de la heroína (esa mujer, hembra y arquetipo) en llegar tarde a la cita.
Esa mujer jamás llegó.
Volví al libro, a esas coordenadas geográficas establecidas por los personajes, y en la página noventa y seis tuve muchísimas ganas de hacer el amor.
Casi eludiendo los embotellamientos tácitos de la memoria llegué a pensar que la felicidad se podía compartir. Cosa extraña en mí. El Director (que en este caso es un personaje narrativo que trata de extraviar al lector) me preguntó el por qué de mi angustia.
Cerré por un momento la novela y traté de explicarle que no sabía cómo terminar este texto y que además no pude abrazar a esa mujer en la terminal de Retiro.
Entonces el punto está en la heroína como hembra y mujer de todos los arquetipos, replicó el Director.
Sí hay un punto, le dije, es imaginario.
Página cincuenta y siete: …¨Cuando los sueños de arañas y de alturas han sido dolorosos, Orin necesita por la mañana tres tazas de café y dos duchas y a veces salir a correr para poder aflojar el estrangulamiento que siente en el cuello de su alma; y estas mañanas son aún peores si se despierta acompañado…”

sábado, 2 de mayo de 2009


Yo hubiese escrito algo así como “algún día vas a llegar”. En Gerona cuentan que Bolaño tenía la costumbre de sentarse a tomar un café con leche en plena madrugada. No sé. Tampoco puedo explicarte por qué escribí esto. Debo tener la sospecha de que nada volverá a ser lo que fue. Y tiemblo. Porque los árboles comienzan a perder sus metáforas y el sol se olvidó de mi balcón.
Acá todo sigue como siempre: los libros apilados, las pipas por ahí, los cajones repletos de bostezos. Por momentos me gustaría estar en Gerona.
Pero sé que todos están muertos.

C ontadas veces los vi juntos. Tanto el uno como el otro conservaban una apariencia de hermanos. Había algo en sus cabezas... Siemp...