sábado, 4 de abril de 2009


No sé quién tiró la primera piedra. La última rompió la certeza del rostro. No hay mayor oscuridad que tu incendio. Pienso en los llamados poetas, en esos hombres valientes que luchan entre palabras y corchetes. El camino es un disfraz. Así el impulso del primer acto, esa flecha que jamás regresará. Lo que llega es otra cosa. La vida nos pierde cuando dejamos de nombrarla. Qué es el nombrar. El poeta me sugiere la lectura y el pesar del umbral. El bosque siempre es un otro tras de mí. Y no sé qué me digo cuando interrogo lo dado. Una mujer se abre al mundo como un enigma. La trampa está en el abandono.
Me siento a escribir y a balbucear entre eso que la memoria me dice que fue. Será. De ahí que el perro cruza la calle sin mirar atrás. Entre tanta confusión el rol es lo que me permite servir a un gran amo redentor. Entonces las categorías son triángulos equiláteros y el sentido, un manual del porvenir. El poeta es un crispar silente y extraño. Una reunión entre la belleza y el horror.

Allá el testigo que todo lo ve y estará presente en el funeral.

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