viernes, 10 de abril de 2009


Extraña. La historia de un tipo que se despide sin saber que el asesino esta detrás. Como un búho atornillado en la cabeza del destino. También la mirada y el horror al ver que todo está en el mismo lugar y que ese lugar es otra cosa. Un domingo sin fin. Y esa mujer que se va como si fuera un pañuelo trenzado al sol. Entonces los espacios son insuficientes y lo único que te queda es escribir. Vuelven las tardes en la pensión de Palpa y la gallega que te decía algo sobre los enchufes. Estaba la máquina de escribir y la heladera repleta de artificios. Las puertas eran firmes y las llaves colgaban de un tablero. No había teléfono y la cocina era de todos. Hasta que a la media noche el portero se dormía y entraban esas mujeres que perdonaban tus maleficios. Así hasta la eternidad que es un segundo entre lo dado y lo vivido, entre el vaso y la garganta. Las luces eran tenues y casi podías adivinar quién subía a la terraza.
Claro, nada de eso sucedía en el mundo. Sólo detrás de un mostrador y a los veinte años.

No hay comentarios: