sábado, 21 de marzo de 2009


Tacones en la escalera y la botella de tequila dice algo. Pocos entienden el asunto. Facturan libros como si fueran verdaderos comerciantes. Y la lástima es ajena como el aire acondicionado de los cines pornos. Alguien se la hace y te mira. Como si supiera que el entorno es un contorno invertebrado de diptongos. Alguien baja la persiana. Así la noche y los golpes de dios de un tal Vallejo.
La historia es en un pueblo de la provincia de Buenos Aires. Calles lo suficientemente iluminadas para abandonar las culpas. La gomería a pocos metros. La tienda de ropa con esos pantalones maniquíes.
La novela tiene pocas páginas. No hay nombres ni apellidos. El protagonismo está en las cosas. Un cuchillo. Una queja. La herrumbre de sentirse vivo.
Nadie habla del dinero. De esas jornadas agotadoras. Es levantarse y decir algo. No hay monedas. Hedor. Pocos se bañan. El lugar es el mismo. El dueño deja papelitos pegados en el mostrador. “Falta esto”… “No encontré aquello”. Hablar. Suena un timbre y una mujer te pregunta sí Capote escribió algo más. Qué es algo más.
Truman no te necesita.

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