viernes, 27 de marzo de 2009


Cristo detrás de la puerta. Esa mujer baila como si fuera la última noche. En el desierto de Sonora muere un perro apaleado. Pocos anotan la consigna. Porque el euro es una cosa y el dólar otra. Así el amor. La mesa cuadrada de un bar y las calles que anteceden la palabra. El por qué de la rutina y el descanso tácito de los viernes. Hay cenizas en el libro y el poema de Bukowski habla de pensiones y cervezas. Hay cuatro vasos. Y tu mujer tiene un vestido floreado. Algo te dice que la noche es un hormiguero y todo sale por la ventana. Hasta las arcadas que transitan en el baño. Y tu cola tiene celulitis. Las balas son sujetos de objetos directos. Alguien se encierra en tu garganta y no sabe qué hacer. La muerte es un paredón. Detrás, la situación común de los objetos. Domingos cómplices y un testigo que se fuga entre los dedos.
Entonces la pregunta es inevitable.

domingo, 22 de marzo de 2009

Sucede que la noche es imbecíl y las tumbas de las botellas están selladas. Las cucarachas encienden el televisor y cruzan las antenas antes del bombardeo a ese Vietman compartido en un cuarto de tres. El cuerpo es un cable extenso en el que colgamos las zapatillas que no usamos. Noche sin ojos. Las tuberías del edifico están hechas de heces y pequeños naufragios de amor. Sino para qué las nueve pintas de cerveza, el cenicero de veinte cigarrillos y la bombacha de tu mujer en el baño.


Noche imbécil.

sábado, 21 de marzo de 2009


Tacones en la escalera y la botella de tequila dice algo. Pocos entienden el asunto. Facturan libros como si fueran verdaderos comerciantes. Y la lástima es ajena como el aire acondicionado de los cines pornos. Alguien se la hace y te mira. Como si supiera que el entorno es un contorno invertebrado de diptongos. Alguien baja la persiana. Así la noche y los golpes de dios de un tal Vallejo.
La historia es en un pueblo de la provincia de Buenos Aires. Calles lo suficientemente iluminadas para abandonar las culpas. La gomería a pocos metros. La tienda de ropa con esos pantalones maniquíes.
La novela tiene pocas páginas. No hay nombres ni apellidos. El protagonismo está en las cosas. Un cuchillo. Una queja. La herrumbre de sentirse vivo.
Nadie habla del dinero. De esas jornadas agotadoras. Es levantarse y decir algo. No hay monedas. Hedor. Pocos se bañan. El lugar es el mismo. El dueño deja papelitos pegados en el mostrador. “Falta esto”… “No encontré aquello”. Hablar. Suena un timbre y una mujer te pregunta sí Capote escribió algo más. Qué es algo más.
Truman no te necesita.

miércoles, 18 de marzo de 2009

Es un poco más sencillo: comprar un juego de muebles. Medir una mesada. Acomodar un sillón. Son esos actos anónimos que nos hacen sentir útiles o tal vez protagonistas por unos segundos de la escena. Pero la cosa pasa por otro vértice. Y no sé cómo definir la cosa y el vértice pero esta tarde alguien entró en la librería y me preguntó “sí conocía filósofos que hablen del sentido de la vida”. Los hay. Y muchos. O los suficientes para hacer de un texto un sistema ortodoxo de metáforas o para agrupar en la literatura universal a dos o tres escritores “interesantes”. Qué estupidez. Eso de ser “interesante”.

Texto uno: el tipo nació en Suecia y aprendió el español en Barcelona. Escribe una poesía que quiere desprenderse de Lautréamont. Hace el amor con una mujer que finge los orgasmos.

Texto dos: Establecimos un modo de comunicación en el cual el emisor es a su vez el receptor y el mensaje. Nada semejante a pintar con los dedos.

Texto tres: “4 de septiembre de 2006 el famoso personaje de la televisión australiana, Steve Irwin, conocido mundialmente como el “Cazador de Cocodrilos”, murió el lunes (4) en la mañana al ser punzado por una mantarraya durante la filmación de un documental en la Gran Barrera de Coral. Irwin tenía 44 años de edad.”


El texto es un organismo vivo en el que (siguiendo la topografía de Foster Wallace) las patas delanteras se asemejan a un cangrejo extraviado en un majestuoso plato sofisticado.
Y no supe qué contestar. Eso de los filósofos que dialoguen con la vida y con su supuesto sentido. Y eso de creer en la salvación. Y en ese dios poderoso creador del cielo y de la tierra. Y los hombres como sombras elásticas entre los dientes de un mostrador. Y así el polvo y la langosta juntos pero separados por la incoherencia de la palabra. Y qué hacemos con Heidegger.
En Texas escuchaba a Héctor Lavoe y no pienso escribir nada original y consecuente porque todo se me fue al carajo y esta noche titulé a mi nueva novela: “Y las balas llegaron tarde”

Texto cuatro: “Héctor Juan Pérez Martínez, más conocido como Héctor Lavoe (30 de septiembre de 1946- 29 de junio de 1993) fue un cantante puertorriqueño de salsa, conocido mundialmente como: "El Cantante de los Cantantes" (porque los cantantes bailan con su música) "El coqui de Puerto Rico" "El chico malo de la Salsa" y " Héctor Lavoe". Su estilo ha sido clasificado como "Salsa Brava…"

jueves, 12 de marzo de 2009

La persona duerme mal. Ignora las reimpresiones de ciertos libros. Abandonó a un perro que encontró en Taylor, Texas. Tiene un amigo que ve poco. Extraña a K.L. La persona vivió en una casa en Villa Pueyrredón. Un espacio abierto al desconcierto. Ya no hace el amor en penumbras. Goza. Trabaja lo suficiente para sobrevivir. Tiene algunos recuerdos perturbadores. Bajo otros parajes lo llamaban por su primer nombre que es enigmáticamente el segundo nombre de su padre. Escribe una novela indescifrable. Es la cuarta o la quinta. Cree en el término de las cosas y en los sucesos que castigan a los criminales. Detesta las oficinas y las decisiones estadísticas. Se aburre prematuramente. Cuando era un niño tenía un pizarrón y ejecutaba fórmulas matemáticas. El primer poema que leyó fue “Cristo en la cruz”. Repite: “…los pies tocan la tierra”.
La persona es melancólica. Pensó en el suicidio y en la cobardía. Tiene un escritor canónico. Casi discute con él en silencio. Fuma. Aborrece la compañía. Puede decirse que ama la soledad pero busca fervientemente a otros. Años atrás su sentido del humor -que fue perdiendo día a día- fue una de sus grandes virtudes. Anhela desaparecer en una ruta salvaje. Lejos. En un lugar sin nombre. En la novela que esta trabajando el protagonismo lo tienen las cosas. Hay diálogos. Frases incoherentes. Espejismos.
La persona se considera detestable. No sabe bien a qué se refiere cuando dice o escribe esto. Estima que todo queda entre paréntesis. Su perro se llamaba Cleopatra.
La persona tiene la costumbre de caminar por los cementerios. Besa las estampitas de los santos. En otro poema encontró su gratitud: “Cuando Lisa me dijo que había hecho el amor con otro…” Se aleja. Sabe que este texto es un espanto. Sabe que alguien lo leerá y sentirá lástima. Qué más. Esa noche (en la volvió a sentir ese desgarro en el pecho, en la bebió de más o de menos, en la que se sentó con furia a escribir) pensó en la estupidez de buscar el éxito. Hay atajos. Calles en los mapas de Austin. Hubo lluvias. Torpezas.
El personaje está obsesionado con los puentes, los revólveres plateados, el sexo sin preámbulos, los detectives.
Otra mujer le mostró un rancho en un pueblo y ese pueblo es parte del enigma. Había ventanas verdes y mosquiteros rotos. Así el adiós y las profecías de los asesinos.

martes, 10 de marzo de 2009

El tipo se baja de una camioneta cuatro por cuatro. Se acomoda la cosa y la bermuda de blue jean. Camina con pasos de forastero. Bosteza. Lleva en la mano una caja de cartón. Cuadrada con un logotipo manchado de aceite. Se acerca. Conserva la postura del viejo oeste (ojos distantes, cartuchera azul, revólver invisible). Hay otro tipo sentado. Tirado entre papeles y trapos. No hay sol. Es tarde. En la caja hay una pizza o algo así. Hay aves. Monedas que nadie ve. Silencios. La amargura es cómplice. El vaquero dice algo. El tipo tirado agradece. El acto no conserva las formas. Puede decirse que el mendigo acepta la limosna. Dios no se lava los pies. El tipo se vuelve a acomodar la cosa. Esta vez es otra. Un insecto perpendicular a las voces. La cámara se mueve en círculos. El tipo tiene una familia. Hijos en colegios privados. Lentes oscuros. Carteras lustradas con barniz. Las letras tienen hambre. La escena es plagiada por la indiferencia. La ciudad es voraz. No hay cortes ni propagandas de bebidas dietéticas.
El mendigo mastica. La barba es blanca. La gente atraviesa el portal. Se enciende una luz. Nadie se enjuaga los dientes.

Detrás un perro lamiendo el resto.

lunes, 9 de marzo de 2009

En fin… las cosas llegan tarde. Como los trenes. Como los botes que cruzan un río. Esa tristeza es de las vigas, de los puentes con autos viejos. Algo me dice que hay que escribir para vivir. Qué es ser escritor. La novela empieza en Waco. Texas. En un cruce de vías y exilio. El escritor es latinoamericano. Estudió en un colegio privado. Esconde las botellas de alcohol entre los libros. A veces es feliz. Qué es la felicidad. El amor es como las flores de un cactus a media luz. Nada más. Esa mujer se irá y así la trama. Triste. Gris como el pelaje de un asno. Hay bares. Ventanales con cuadros de la Boca. Y ella también se irá. Es otoño. Hay poca ropa en el placard. Fotos de otros con otros. Dónde estoy. El escritor sabe cómo dinamitar a los personajes. Y siempre las cosas llegan tarde.
Un pájaro. Rejas perpendiculares a la ausencia. Los temas se repiten. En Waco detrás de un puente hay un charco de desconcierto. Otros publican en diarios y revistas. Están acá o allá. En la línea del éxito. El escritor corrige ciertos adverbios de lugar. Modos de ver.

Algunos errores tienen contraseñas.

jueves, 5 de marzo de 2009

Dos hombres subidos a un automóvil
Dock Sur
La anemia de los callejones sin luz
Puentecito
Mi padre en el falcon verde
Villa Domínico
Una perra con nombre de gato
Esa mujer que te dijo una vez: “la tenés grande”
Amigos reducidos a cenizas
Esos carteles luminosos del Distrito Federal
Las balas de goma
La imposibilidad de terminar una novela
La astucia de los superhéroes
La anticipación precoz de la desgracia
Nadie llama de la costa azul
Esta lluvia que empapa las tumbas con rencor
Los balazos de los secuestradores
Los culos alquilados con afán
Tras los pasos
De una ciudad perdida
El anonimato de las travesuras
Hombros mostradores
Alguien que llama a las tres de la mañana
El libro marcado en la página doscientos dos

“no te molesta estoy sangrando un poquito”
A habla poco y lee autores latinoamericanos. B ayer cumplió cincuenta años y hace unos emparedados de queso inigualables. C está por nacer y sus padres (¿?) todavía no le dieron un nombre. D tiene un amante y hace el amor con la luz apagada. E está preso en Batán por asesinar a su mujer de trece puñaladas. F trabaja doce horas y ve poco a sus hijos. Ayer sintió un dolor fuerte en el pecho. G caminó toda la tarde por Cabildo y no pudo comprarse la cartera que quería. Argumentó: “Es muy cara para lo que es”. H está viajando a Lima con la esperanza de encontrar un modo de vida mejor. I es psicoanalista y sabe que W esta semana no irá a la sesión. Lee en su cuaderno: “No soy un sujeto soy una holofrase”. J está enamorada de A. K no es Kafka. Es un coleccionista de cajitas de fósforos. M lee a Heidegger bajo una soledad inalcanzable. N es relojero y fanático de las películas de acción. Ñ perdió un brazo en un accidente. O sueña con regresar a Austin donde dice haber sido feliz. P es un escritor chileno que vive en Barcelona y que todavía pocos lo conocen. Q se divorció hace dos años. Heredó un campo y no sabe qué hacer con el tiempo libre. R es asmático y los jueves desayuna en el café de la U.
S es un personaje de Marlowe que planea un robo perfecto. T vende flores en Chacarita y frecuenta el prostíbulo de la calle Maure. U es un importador de cigarrillos. Su mujer es japonesa y detesta ir a la playa. V entrena para destrozar en el primer round a su oponente en Las Vegas. W es alérgico a la penicilina. X hizo varios tratamientos para alargarse la verga. Y espera un llamado telefónico que nunca llegará. Z sabe que en toda relación amorosa la falta constituye a un Otro ideal y que hay un “aun” saboteando el contexto.

¿Es posible el acto de escribir?

C ontadas veces los vi juntos. Tanto el uno como el otro conservaban una apariencia de hermanos. Había algo en sus cabezas... Siemp...