jueves, 5 de febrero de 2009


Un instante de eternidad. Tres amigos en una ciudad perdida. Austin. Texas. Trabajamos juntos casi un año. A mi derecha Elvio, un brasilero con un acento de Río de Janeiro (un portugués que prolongaba las eses), con una soledad invisible y sobre todo con un sentido del humor inmejorable. Hablábamos de mujeres, de esas morochas firmes que en las playas soleadas desplegaban todo su arsenal.
Un acto inocente: sonreír.
Mike (a mi izquierda) un tipo melancólico. Era (y es) tejano. Nació en Waco. Hijo único. Me contó muchas veces de su padre, aparentemente un hombre hostil y alcohólico. Mike hablaba un inglés pausado. Me enseñó un sinfín de expresiones idiomáticas. Vivía con tres perros. Tocaba la guitarra y tenía una banda de música country. Muchas veces lo fui a ver. Mike era (y es) esa clase de personas inolvidables. Bebíamos Jack Daniels y una noche me regaló una caja de fósforos con su firma.
Nos dejamos de ver por años y una tarde me llamó y me dijo: “My father passed away”. Heredó una fortuna. Algo así como treinta departamentos los cuales él sólo tenía que administrar.
Un acto filosófico: evocar.
En aquellos tiempos yo había saltado salvajemente las fronteras para buscar un modo de vida mejor. Todos de algún modo estábamos exiliados. Exiliados por el hambre no por la ideología. Las personas que nos cruzan y que uno atraviesa son parte de una experiencia valiosísima. Allá tenía una casa y una mujer. Y esa mujer me esperaba y muchas noches se quedaba dormida en la mesa de la cocina porque las jornadas eran agotadoras.
Un acto reparador: escribir.
Escribo desde allá que es un acá que intenta decir otra cosa. Y esos tres hombres que están en la fotografía son arquetipos de un éxodo impermeable. Tres cazadores fugitivos hundidos en el bosque del porvenir. Así el acto de escribir entabla un diálogo con sus fantasmas; porque es poco factible que vuelva a ver a Elvio o a Mike. Estamos en otra dimensión. En otro plano.
Esa mujer tampoco está. Yo también soy mi ausencia. Y esa avaricia entre lo presente y lo pasado -ese desenlace único que converge en un adiós- hace o deshace estas letras que son pequeños altares para esos dioses mutilados. Yo. Nosotros. Ellos.

La foto fue sacada el cinco de Mayo del 2002.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Tres cazadores fugitivos hundidos en el bosque del porvenir.

la cereza :)