martes, 3 de febrero de 2009

El personaje intuye que el final será en aquél acantilado. Alguien lo empujará y balbuceará un nombre indescifrable. El escritor supone que el límite de la escritura es el grito inaudible de ese hombre cayendo hacia la eternidad. Ambos -el personaje y el escritor- nacieron bajo el signo de Leo y amaron a una mujer imposible. El personaje simula un robo de joyas en Shepperton y un cruce de fronteras a caballo. Escribe en hojas rayadas A4 y es un erudito en poesía francesa del siglo XVIII.
El escritor es torpe, tiene una amante y reconoce que jamás terminó de leer Crimen y castigo. Antes del fin el personaje entrará en un almacén de Boedo y descargará seis disparos. El escritor aprobará con entusiasmo el veredicto y entre vasos y orgasmos tejerá la trama.
La oscuridad era perpendicular” así lo escribió y pocos entendieron la metáfora. Esa mujer estaba en el baño y era de Córdoba y pocas veces el personaje y el escritor fueron felices. Con ella y en ella. Y una tarde el escritor se sentó frente a un río y se dijo o dijo -a ese anonimato que se produce en el monólogo- que jamás volverá a la escena del crimen y dejará los asesinatos en suspenso. Así lo quiso el destino. Y repitió (siguiendo la linealidad de la palabra antes de ser escuchada. Vocablo atrapado en la avaricia del a-diós): Destino (en mayúscula y con énfasis). Llueve. El personaje busca reparo en la estación Drago. Calcula la longitud de la noche y sabe -o cree saber- que las puertas del infierno están abiertas y que ciertos mensajes en la madrugada son estampidos de desesperación. En la estación (el escritor está aturdido por las circunstancias, por la soledad inesperada, por el abandono irreparable) un can dialoga con su promiscuidad. El personaje se recuesta y cierra los ojos.
La lluvia golpea las chapas. Las ventanillas expendedoras de boletos están cerradas. El escritor confronta los hechos con la imposibilidad de un suceso. Hojea con desgano los seminarios del psicoanálisis e interroga su alteridad. Es un Otro atrapado en la gramática del deseo. El oficio de escribir es un acto esdrújulo y no sabe bien a qué se refiere cuando escribe o se dice esto y así la lluvia alcanza su balcón y humedece los cactus (que son dos) y el farol (que equidista del centro de su escritura) se tambalea con el viento y ese viento es un soplo en la ferocidad de la semántica. El personaje y el escritor están extraviados.
El reflejo es convexo y lo cóncavo vive en la historia de los otros (esta vez en minúscula).

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