viernes, 6 de febrero de 2009

Como antes de partir y dejar las valijas abiertas sin causas ni afectos y seguir anhelando el descenso, los nombres entre comas, la historia y la tortura de esas jóvenes sorpresas. Como entrar en un ascensor y demorar la mirada en las siluetas y enumerar las cosas que se pierden y que nunca más volveremos a encontrar. Rostros facetados detrás de las patas de una mantis religiosa. No sé si fue en el colegio San Agustín donde vi por primera vez esos ojos celestes y esa pureza empujó la rueda de las torturas. Tal vez todos sabíamos el final y nadie se atrevió a levantar la mano cuando el Padre Ángel nos preguntó sí alguien se masturbaba.
Como apurar el paso en la niebla por temor a encontrarnos con el rufián y abrir el libro en la página doscientos veinte y leer cien veces el mismo renglón. Así la apariencia del engaño y las palabras que se dicen en plena ingravidez.
Lanzas enceguecidas por el rencor.
Hasta la muerte tiene un perro que le chumba no solo a esa muerte sino a la Muerte como madre e hija de todas las falacias.
Caen las hojas de los árboles. Y ese gato juega con el sol como si fuera un ovillo de lana.

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