sábado, 21 de febrero de 2009

Él a mi lado con la mirada en otro lugar que no es éste o aquél. Tal vez sea ese pueblo de su infancia, esos trenes y esas dudas. Su madre con cien rosarios y quince perros. Él a mi lado en ese cabaret rodeado de una soledad adyacente. Fuma. Abre y cierra el encendedor de bencina. Ojos entre los cuerpos. Morenos. Desdentados. Hombres con bocas ametralladas. Yo cerca con el revólver en la cintura. Sumergido en un anonimato que lo permite todo. Todos cargados. Él se la acomoda y la muestra. Es larga. Ella no entiende qué pasa y me pregunta algo sobre el dinero. Digo sí o no y me altera esa cumbia pisoteada por la clandestinidad. Él la tiene angulosamente adiestrada. Ella va hacia el mostrador y habla con alguien de pelo trenzado. El Apache me hace una seña y sonríe. Es un mamón braguetudo que hace que el asunto funcione y estampa su figura legendaria entre las piernas de los moribundos. Él pide un trago. Ella se reencuentra con el hábito y ejerce una presión sobre el sustento. Así él la penetra por atrás y ella grita. Y ese grito desorienta el vuelo de la bestia. Y se rompe un vaso. Alguien se corta un dedo. Y la música pide otro culo. Ella baja la cabeza porque duele. Y no hay calambres.

viernes, 13 de febrero de 2009

No sé sí el olvido es oscuro como dice el tango. O sí el tango es olvido como dice lo oscuro. Alguien dice y otro escucha. O trata de entender de qué se habla. De esa paridad hablante (Ella cruza las piernas. Él intuye que ese acto es un espejismo) el habla “habla” detrás de lo dicho. Como un relámpago y un trueno. (Ella se acuesta con un vecino al cual detesta pero es la única forma que encuentra para distraerse. Él se masturba frente al espejo del baño y tiene fantasías promiscuas). Quien habla no es el sujeto sino la oblicuidad, lo obtuso de la lengua en el entendimiento. El Ser habla entre las rejas del lenguaje (Celan). Quien me habla es mi suceso eso que balbucea la palabra cuando se rompe. Un ruido sordo. Un estampido en la alteridad. (A Ella le gusta caminar descalza por la alfombra). Quien es escucha está en silencio. La escucha es lo que abre paso a la palabra. Antes de ser escucha el Ser se demora en el umbral del “entre” (Heidegger). Antesala del nombre. Posibilidad de abrazarse a la duda del existir.
(Él fuma cuarenta y tres setenta largos).
Mañana es temporalidad de un “antes” distraído en el hoy. Como la caverna fue mito después de ser partida. (Ella juega con un scrabble que no tiene zetas ni eñes).
Los sentimientos no hablan ni escuchan. Son estuarios de diálogos inconclusos. De ahí la espera o el consuelo. (Ella duerme desnuda y no paga las expensas de su departamento). Sobrevive el sentido de la prórroga. La fuga del goce en la fisura del adiós. (Él hace una llamada telefónica a las tres de la mañana. Las moscas verdes zumban antes que la muerte).

jueves, 12 de febrero de 2009

Oh, Paris Paris

Ahí estamos él y yo. Frente a frente sin conocernos. En el medio hay un espacio que no se cruzará nunca, un espacio vaciado que tiende a lo eterno sostenido en hormigón. Tan al alcance de la mano. Uno del otro. Pero a penas. Podría asomarme por la ventana y alcanzaría a tocarlo. Reconocería sus gestos porque conozco su sombra.
Así estamos él y yo con las luces prendidas. Cada noche a partir de las nueve o quizás desde antes. Las horas urbanas se disimulan tras el discurrir de unas cortinas que parecen ser signo de buena educación. Las cosas marchan bien, hay plantas, vidrios limpios, todo parece nuevo, con efecto ostentoso. Un balcón expectante que queda grande a pesar del poco espacio.

Las paredes siempre esperan. La oscuridad nos aproxima ante un incierto paisaje de bocinas y ruidos de cocina. Esas exclamaciones nunca serán propias y sin embargo nos rodean. Alguna paloma pasará por aquí sin advertir diferencias y se irá lejos de estos murmullos y de aquellos que a penas hacen ruido para coger, de los gritos despiertos de clanes que sobreviven a lo cotidiano tendiendo la mesa y colgando las ropas en finos alambres oxidados que mantienen la comunión de los días chorreando miseria. Ese mundo es ajeno a nuestra individualidad.
Avatares de lo insignificante. La vida entre cemento bien pulido y pisos que crujen cuando llueve. Sin embargo las casas llenas de calor no lograrán expulsarnos.
Nadie se asoma a mirar este hueco. Ni siquiera aquel gato del segundo piso que solía alzarse hacia el cielo y se quejaba por no tener más aquel instinto para saltar corriendo. Yo tampoco. Cubrí mis ventanas para disimular las cuatro paredes que de verdad son cuatro.
Supongo que él no sabrá de mi existencia. Yo tampoco de la suya. ¿Vivirá solo? ¿Cuál será su nombre? ¿Que pensará de este vacío en el medio? ¿Escuchará esos perros nocturnos, esas voces que nunca tendrán forma? ... Sabrá que escribo cada noche sin quien a quien y que busco palabras con los ojos ennegrecidos y las manos llenas de humo. Los ojos sueñan que no volverán a quedarse quietos.
En mi historia yo estaba desde antes. Antes es la medida de un tiempo que no será este y que es sólo presente para otro. Si él supiera quiénes hicieron el lugar donde habita, la existencia de esa seguidilla de hombres desconocidos, gritones y apurados por irse, hombres fuertes debilitados por el esfuerzo y sin conciencia del dolor, tan pendientes de su hambre.

Esos hacedores de los sueños de los otros que llegan cuando ya está todo terminado y ese trabajo que demuele el cuerpo para construir el sitio de otro cuerpo, es ahora una casa, paredes, detalles,
baños, donde alguien dirá acá va la mesa, la biblioteca, mis cuadros, empezarán las quejas, la continuidad de los días, los coitos, el olvido.
Un lugar para que vivan los que creen que las cosas del mundo ya son propias si basta con lo pagado y quién sabe, nadie recuerda, cuáles eran las necesidades de esos tipos que se dormían sobre las bolsas de cal bajo el sol que hervía el vino y apaciguaba la sangre. Los vi día a día, interpretando órdenes sin apelación, torciendo la hernia, pensando: "alguna vez quizás... esto podría ser mío". ¿Quienes eran?
¿El les habrá pagado eso que hoy hace suyo y que fue un baldío oloroso y mudo, a penas ladrillos apilados ahora convertidos en un límite con el mundo, el lugar donde se empieza, se acomoda, se muere, donde alguna vez estuvo esa otra ilusión?
Habría que demolerlo todo otra vez, pero ya es tarde.
Ahora él ahí, yo dentro de una hoja, casas, lugares, confort para unos, estrés y baigón, nocturnidades sin consuelo. Parecemos felices.
Nos vemos sin sabernos entre personas que entran y salen. Así son nuestras vidas. En este espacio construido para que nadie llame a nadie, para qué, si vendrá algún otro mañana que manchará las sábanas, el colchón se dará vuelta, todo volverá a empezar, el ritual de los desconocidos y la ligereza, la charla previa, las incomodidades mal arrojadas. Cada uno a su lugar. Y de nuevo a la libertad, a sentirse libres de pedidos y de culpas, otra vez la misma trampa.
Nada perdura ni siquiera los pensamientos.
¿El sabrá de mi? Verá que lo que compartimos es a penas el silencio por instantes, un cielo que a penas vemos y que hasta lo creemos pequeño, dos soledades que se espían cuando no hay nada en televisión, nada de amor, ni de suspiros, ni de lágrimas.


Las luces se apagan otra vez y esta breve distancia entre él y yo siempre nos quedará lejos.



Laura Boiero.

martes, 10 de febrero de 2009

No es esto aquello tal vez. La piedad del suspenso ni la arrogancia del perdón. No es el tiempo nublado, las piedras en el zapato izquierdo o la avenida ancha de aquellos años dorados. Tampoco la casa de escaleras verticales ni los altillos sobornados por el quehacer cotidiano.
Es un crimen. Un tumulto de rumores simétricos, escenas vendadas por el desconcierto de los disparos. De ahí esos capítulos que se repiten. Camalotes torpemente camuflados en la risa. La ausencia de comas y la sintaxis que deja escapar a los secuestradores.
Es un crimen de a dos. Alguien que no duda en apuntar al corazón.

viernes, 6 de febrero de 2009

Como antes de partir y dejar las valijas abiertas sin causas ni afectos y seguir anhelando el descenso, los nombres entre comas, la historia y la tortura de esas jóvenes sorpresas. Como entrar en un ascensor y demorar la mirada en las siluetas y enumerar las cosas que se pierden y que nunca más volveremos a encontrar. Rostros facetados detrás de las patas de una mantis religiosa. No sé si fue en el colegio San Agustín donde vi por primera vez esos ojos celestes y esa pureza empujó la rueda de las torturas. Tal vez todos sabíamos el final y nadie se atrevió a levantar la mano cuando el Padre Ángel nos preguntó sí alguien se masturbaba.
Como apurar el paso en la niebla por temor a encontrarnos con el rufián y abrir el libro en la página doscientos veinte y leer cien veces el mismo renglón. Así la apariencia del engaño y las palabras que se dicen en plena ingravidez.
Lanzas enceguecidas por el rencor.
Hasta la muerte tiene un perro que le chumba no solo a esa muerte sino a la Muerte como madre e hija de todas las falacias.
Caen las hojas de los árboles. Y ese gato juega con el sol como si fuera un ovillo de lana.

jueves, 5 de febrero de 2009


Un instante de eternidad. Tres amigos en una ciudad perdida. Austin. Texas. Trabajamos juntos casi un año. A mi derecha Elvio, un brasilero con un acento de Río de Janeiro (un portugués que prolongaba las eses), con una soledad invisible y sobre todo con un sentido del humor inmejorable. Hablábamos de mujeres, de esas morochas firmes que en las playas soleadas desplegaban todo su arsenal.
Un acto inocente: sonreír.
Mike (a mi izquierda) un tipo melancólico. Era (y es) tejano. Nació en Waco. Hijo único. Me contó muchas veces de su padre, aparentemente un hombre hostil y alcohólico. Mike hablaba un inglés pausado. Me enseñó un sinfín de expresiones idiomáticas. Vivía con tres perros. Tocaba la guitarra y tenía una banda de música country. Muchas veces lo fui a ver. Mike era (y es) esa clase de personas inolvidables. Bebíamos Jack Daniels y una noche me regaló una caja de fósforos con su firma.
Nos dejamos de ver por años y una tarde me llamó y me dijo: “My father passed away”. Heredó una fortuna. Algo así como treinta departamentos los cuales él sólo tenía que administrar.
Un acto filosófico: evocar.
En aquellos tiempos yo había saltado salvajemente las fronteras para buscar un modo de vida mejor. Todos de algún modo estábamos exiliados. Exiliados por el hambre no por la ideología. Las personas que nos cruzan y que uno atraviesa son parte de una experiencia valiosísima. Allá tenía una casa y una mujer. Y esa mujer me esperaba y muchas noches se quedaba dormida en la mesa de la cocina porque las jornadas eran agotadoras.
Un acto reparador: escribir.
Escribo desde allá que es un acá que intenta decir otra cosa. Y esos tres hombres que están en la fotografía son arquetipos de un éxodo impermeable. Tres cazadores fugitivos hundidos en el bosque del porvenir. Así el acto de escribir entabla un diálogo con sus fantasmas; porque es poco factible que vuelva a ver a Elvio o a Mike. Estamos en otra dimensión. En otro plano.
Esa mujer tampoco está. Yo también soy mi ausencia. Y esa avaricia entre lo presente y lo pasado -ese desenlace único que converge en un adiós- hace o deshace estas letras que son pequeños altares para esos dioses mutilados. Yo. Nosotros. Ellos.

La foto fue sacada el cinco de Mayo del 2002.

martes, 3 de febrero de 2009

El personaje intuye que el final será en aquél acantilado. Alguien lo empujará y balbuceará un nombre indescifrable. El escritor supone que el límite de la escritura es el grito inaudible de ese hombre cayendo hacia la eternidad. Ambos -el personaje y el escritor- nacieron bajo el signo de Leo y amaron a una mujer imposible. El personaje simula un robo de joyas en Shepperton y un cruce de fronteras a caballo. Escribe en hojas rayadas A4 y es un erudito en poesía francesa del siglo XVIII.
El escritor es torpe, tiene una amante y reconoce que jamás terminó de leer Crimen y castigo. Antes del fin el personaje entrará en un almacén de Boedo y descargará seis disparos. El escritor aprobará con entusiasmo el veredicto y entre vasos y orgasmos tejerá la trama.
La oscuridad era perpendicular” así lo escribió y pocos entendieron la metáfora. Esa mujer estaba en el baño y era de Córdoba y pocas veces el personaje y el escritor fueron felices. Con ella y en ella. Y una tarde el escritor se sentó frente a un río y se dijo o dijo -a ese anonimato que se produce en el monólogo- que jamás volverá a la escena del crimen y dejará los asesinatos en suspenso. Así lo quiso el destino. Y repitió (siguiendo la linealidad de la palabra antes de ser escuchada. Vocablo atrapado en la avaricia del a-diós): Destino (en mayúscula y con énfasis). Llueve. El personaje busca reparo en la estación Drago. Calcula la longitud de la noche y sabe -o cree saber- que las puertas del infierno están abiertas y que ciertos mensajes en la madrugada son estampidos de desesperación. En la estación (el escritor está aturdido por las circunstancias, por la soledad inesperada, por el abandono irreparable) un can dialoga con su promiscuidad. El personaje se recuesta y cierra los ojos.
La lluvia golpea las chapas. Las ventanillas expendedoras de boletos están cerradas. El escritor confronta los hechos con la imposibilidad de un suceso. Hojea con desgano los seminarios del psicoanálisis e interroga su alteridad. Es un Otro atrapado en la gramática del deseo. El oficio de escribir es un acto esdrújulo y no sabe bien a qué se refiere cuando escribe o se dice esto y así la lluvia alcanza su balcón y humedece los cactus (que son dos) y el farol (que equidista del centro de su escritura) se tambalea con el viento y ese viento es un soplo en la ferocidad de la semántica. El personaje y el escritor están extraviados.
El reflejo es convexo y lo cóncavo vive en la historia de los otros (esta vez en minúscula).

C ontadas veces los vi juntos. Tanto el uno como el otro conservaban una apariencia de hermanos. Había algo en sus cabezas... Siemp...