miércoles, 28 de enero de 2009

Otro salvaje en la ciudad de hierro y los números son Reales en el pizarrón. Ya lo enunciaron los profetas. En la guantera del vehículo esconde su corazón cada vez que carga gasolina. En Austin o en Waco los forajidos se escapan de la ley. Los trenes ruedan sobre las vías y ese camión está cargado de indocumentados. Yo también fui uno de ellos y tuve sueños. Y limpié la mierda de la ilusión y manejé por rutas a las que jamás volveré y un compañero me dijo: “quiero morir en mi México” y se me llenaron los ojos de lágrimas. Y tuve diálogos en un inglés infame y conocí a un veterano de Vietman que tenía un hijo preso en Dallas. Muchas veces tomamos cervezas y me contaba de muertes y disparos, de gritos y de anemias. Todos por los Estados Unidos de América. Y así las cosas se transforman en otras como lo dictan los enunciados de la física y alguien se compra un par de lentes oscuros y dice ser lo que no es. Y aquél latinoamericano ahora tiene mando y se burla de sus hermanos. Y en la casa hay equipos sofisticados y su mujer habla con un acento extraño. Entonces llega un extranjero y todos dan vuelta la cara porque no hay peor idioma que el español para unir a los hispanos. Están los coches con asientos de cuero y la música de allá y la soledad tiene un palco en Christian Dior. Y hay risas con dientes tatuados y todos son parte de los “weekend” y en el río Bravo esa mujer se ahogó con dos disparos en el pecho.
Otro salvaje en la ciudad de hierro.

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