lunes, 26 de enero de 2009

Estoy sentado en un balcón. Lejos. Es tarde. Deben ser las tres de la mañana y te confieso que hace noches que duermo mal. Me asaltan esos forasteros que llegan de improvisto, esas miradas que no se pueden borrar. Hoy o ayer (el tiempo es una circunstancia) pensé en mi abuelo Juan. Lo imaginé acá entre mis miedos, con su manta de lana sobre los hombros, con su perra “picha”, con su bolso de cuero marrón. Lo veo ahora mismo entre esas cosas que no se pueden nombrar porque toda palabra es un suicidio. Está acá o allá o tal vez yo esté acá o allá y por más que los halagos hagan vibrar las copas, Juan estará siempre en un más acá. No sé por qué te digo esto. Cerca hay un farol y la oscuridad es una sombra que se prolonga en el recuerdo. Ya te dije que duermo poco, me siento rodeado por una neblina azulada. Pienso en la soledad, en ese recurso estilístico que usamos para nombrar lo que es. Mucho. Demasiado. Será. Palabras que desencadenan más palabras. Acá estoy con Juan y tengo ganas de contarle que tiene un nieto cobarde, que a veces es un tirano con sus silencios. Habito entre fantasmas sigilosos. Mudos como este nieto que está en alguna parte y se acuerda de su abuelo y de esa casa en Avellaneda con ese pasillo largo, con ese patio repleto de botellas verdes, con la “picha”, con el florero de uvas de cristal. Eso dice ese nieto pero esas cosas hablan de un niño tímido sentado en una silla mirando cómo un hombre mayor hierve la eternidad en un jarrito anaranjado.


(Confieso que la literatura es una máscara excelente, que hablo menos, que las noches son abrazos de espinas. Digo esto y más porque hablar desde acá es como decir un allá y repetí muchas veces “allá” y “acá” y repetí muchas veces que somos niños que crecemos de golpe y ese golpe es un reloj de arena y que ese tiempo no es de nadie y que el amor hace que ese tiempo sea una esquina y esa esquina una espera y esa espera un viaje en taxi y ese viaje una conversación… así hasta que alguien escucha por primera vez su corazón).

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