miércoles, 28 de enero de 2009

Amaneció nublado. No tengo nada en la heladera. Algo de café y unas galletitas húmedas. Recibí un llamado de España: era el Negro con su infatigable energía. Me contó que seguía entrenando y que este fin de semana se iba a Irlanda. Me habló de su hermana. Dijo también que permanecer en Argentina era un fracaso. Lo dijo bien pero no es agradable que un amigo te haga ese tipo de afirmaciones. Inevitablemente pensé qué significaba “fracasar”. Cuando oí: “Ché contate algo”. La conversación telefónica se bifurcó. Por un lado estaba ese amigo que vivía en Buenos Aires y que el Negro inmortalizaba con sus anécdotas, ese amigo que teóricamente era yo y que trataba de hacer con una sujeción invertebrada de palabras un diálogo común en donde chistes y situaciones fantásticas recreaban un relato efímero de lo real. En el otro extremo de ese camino imaginario, nadie escuchaba al Negro. Era un monólogo. Un decir que se olvidaba en lo dicho. Parte de esa sordera, fue mi silencio y no saber qué contar. Esta ambivalencia tan intensa -verme desdoblado por la voz, por el gesto oculto, por la demarcación de lo que es y que se refleja en lo que se supone que “es”- me llevó a contestar una trivialidad. Cortamos. Escuché un grito estridente (¿dónde?). Me vestí y caminé hasta el almacén. Un instante gris. No hay nadie que diga “no”. Pájaros en la garganta del Poeta. Hazañas invisibles. El traje del Eternauta. Esas incongruencias que no tienen un por qué. O que pocos preguntan. A. Ante. Bajo. Cabe. Con. Contra. De. Son algunas de las preposiciones que aprendimos en la escuela y esa mujer pasó dos veces por mi ventana.

“¿Sabías, dijo, que el punto final del libro es un ojo y no tiene párpados?”

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Es pa cagarte a trompadas...

Anónimo dijo...

trompadas? es un vómito de sinceridad, te admiro primo...