viernes, 30 de enero de 2009


No hace falta leer todos los cuentos de Arlt basta con “Las fieras” y alguno más. Tampoco conocer Praga o rezar. Hoy mi vecina se descompuso y se la llevaron en una silla de ruedas. Pálida. Casi sin aliento. No sé sí habrá leído esos cuentos o sí habrá soñado con un palacio en París. La cargaron como a un vacuno y su mirada estaba en otro mundo. Yo detrás espiando por una mirilla. Abriendo y cerrando las branquias. Su hijo enojado como el camillero que miraba el reloj. Dónde. Quién era quién. Quién fue el primer impostor. La muerte tiene mil caras y una pregunta. Como el amor. O como esa mujer amarillenta que se pudre en las pesadillas de las carnicerías. Eternas plagiadoras del tormento. Otro folio para los archivos anónimos de la ciudad. Una rata acorralada por los cables telefónicos.
Saltar al vacío y llorar.
El trip es para el Norte y las palabras se conjugan en presente como los Santos de la vieja alameda. Así el hombre esconde la cicatriz en el rostro de la mueca. Detrás del vaso y el espanto. Fueron diez o veinte los tipos que te hicieron el acto o muchos más. Treinta o cuarenta las palmadas en el muslo, las acrobacias del malabarista, las consecuencias de la broma, las campanadas de esa iglesia abandonada. Cincuenta o sesenta, los ensayos y las sombras, los pasadizos secretos, los discursos del mandatario, los claveles y las viudas. Contar hacia atrás enumerando lo dicho y las desgracias ajenas como cuando éramos más jóvenes e ignorábamos las consecuencias del abuso.
Hasta que una mujer te abraza con sus binomios cuadrados perfectos, hasta que esos labios muerden el teorema de Mileto. Y el temblor es oscuro como el vientre del batracio y pocos son los auténticos matemáticos.
El trip es para el Norte. Nunca el Sur y la comedia.

miércoles, 28 de enero de 2009

Otro salvaje en la ciudad de hierro y los números son Reales en el pizarrón. Ya lo enunciaron los profetas. En la guantera del vehículo esconde su corazón cada vez que carga gasolina. En Austin o en Waco los forajidos se escapan de la ley. Los trenes ruedan sobre las vías y ese camión está cargado de indocumentados. Yo también fui uno de ellos y tuve sueños. Y limpié la mierda de la ilusión y manejé por rutas a las que jamás volveré y un compañero me dijo: “quiero morir en mi México” y se me llenaron los ojos de lágrimas. Y tuve diálogos en un inglés infame y conocí a un veterano de Vietman que tenía un hijo preso en Dallas. Muchas veces tomamos cervezas y me contaba de muertes y disparos, de gritos y de anemias. Todos por los Estados Unidos de América. Y así las cosas se transforman en otras como lo dictan los enunciados de la física y alguien se compra un par de lentes oscuros y dice ser lo que no es. Y aquél latinoamericano ahora tiene mando y se burla de sus hermanos. Y en la casa hay equipos sofisticados y su mujer habla con un acento extraño. Entonces llega un extranjero y todos dan vuelta la cara porque no hay peor idioma que el español para unir a los hispanos. Están los coches con asientos de cuero y la música de allá y la soledad tiene un palco en Christian Dior. Y hay risas con dientes tatuados y todos son parte de los “weekend” y en el río Bravo esa mujer se ahogó con dos disparos en el pecho.
Otro salvaje en la ciudad de hierro.
Amaneció nublado. No tengo nada en la heladera. Algo de café y unas galletitas húmedas. Recibí un llamado de España: era el Negro con su infatigable energía. Me contó que seguía entrenando y que este fin de semana se iba a Irlanda. Me habló de su hermana. Dijo también que permanecer en Argentina era un fracaso. Lo dijo bien pero no es agradable que un amigo te haga ese tipo de afirmaciones. Inevitablemente pensé qué significaba “fracasar”. Cuando oí: “Ché contate algo”. La conversación telefónica se bifurcó. Por un lado estaba ese amigo que vivía en Buenos Aires y que el Negro inmortalizaba con sus anécdotas, ese amigo que teóricamente era yo y que trataba de hacer con una sujeción invertebrada de palabras un diálogo común en donde chistes y situaciones fantásticas recreaban un relato efímero de lo real. En el otro extremo de ese camino imaginario, nadie escuchaba al Negro. Era un monólogo. Un decir que se olvidaba en lo dicho. Parte de esa sordera, fue mi silencio y no saber qué contar. Esta ambivalencia tan intensa -verme desdoblado por la voz, por el gesto oculto, por la demarcación de lo que es y que se refleja en lo que se supone que “es”- me llevó a contestar una trivialidad. Cortamos. Escuché un grito estridente (¿dónde?). Me vestí y caminé hasta el almacén. Un instante gris. No hay nadie que diga “no”. Pájaros en la garganta del Poeta. Hazañas invisibles. El traje del Eternauta. Esas incongruencias que no tienen un por qué. O que pocos preguntan. A. Ante. Bajo. Cabe. Con. Contra. De. Son algunas de las preposiciones que aprendimos en la escuela y esa mujer pasó dos veces por mi ventana.

“¿Sabías, dijo, que el punto final del libro es un ojo y no tiene párpados?”

lunes, 26 de enero de 2009

Q será en diez años. Será como esas veredas colmadas de sol en donde todo pasa y nada queda. Será como esos vasos mal lavados. Como esos labios sin rubor. Será como el techo de una casa que nadie mira y las manchas de humedad dibujan sus sueños. Diez años o menos. Quién sabe. Es como esas bolsas de residuos que el basurero no levanta y los perros hocicudos olfatean con pereza. Esas moscas traviesas que traspasan los sueños. O como esos ojos que se cierran en la oscuridad. Será eso y más. Como en las películas con finales absurdos, como el confort de una cocina sin grasa. Como un café que se enfría en la mirada de un bar. Será una anécdota de diván. Una catarsis y la presbicia de un suceso. Aquí en este ahora el será es una posibilidad de nombrar esta tarde que transita en una ciudad sin tiempo. Como la memoria del primer beso allá lejos en un pequeño departamento. Será una persecución policial y los ladrones volverán a asaltar tus pesadillas. Habrá dinero y rutas. Habrá una mujer que te estará esperando en la clandestinidad. Habrá otros hombres con sus macabras anomalías. Un pie en la orilla de un río. Una disparo en la madrugada. Un tejado con aleteos de palomas. Ropa amontonada en un rincón. Esa abundancia que reemplaza al amor. Y esos hombres dejarán el desierto y se convertirán en serpientes. Y nuestros hijos nos preguntarán algo. Y la respuesta será un espejismo. Como esa cara que te mira en el espejo. Como esos sustitutos que se agregarán a las fiestas. Así será y pocos sabrán lo que no dijimos. Habrá siempre errores de ortografía y abandonos.
Estoy sentado en un balcón. Lejos. Es tarde. Deben ser las tres de la mañana y te confieso que hace noches que duermo mal. Me asaltan esos forasteros que llegan de improvisto, esas miradas que no se pueden borrar. Hoy o ayer (el tiempo es una circunstancia) pensé en mi abuelo Juan. Lo imaginé acá entre mis miedos, con su manta de lana sobre los hombros, con su perra “picha”, con su bolso de cuero marrón. Lo veo ahora mismo entre esas cosas que no se pueden nombrar porque toda palabra es un suicidio. Está acá o allá o tal vez yo esté acá o allá y por más que los halagos hagan vibrar las copas, Juan estará siempre en un más acá. No sé por qué te digo esto. Cerca hay un farol y la oscuridad es una sombra que se prolonga en el recuerdo. Ya te dije que duermo poco, me siento rodeado por una neblina azulada. Pienso en la soledad, en ese recurso estilístico que usamos para nombrar lo que es. Mucho. Demasiado. Será. Palabras que desencadenan más palabras. Acá estoy con Juan y tengo ganas de contarle que tiene un nieto cobarde, que a veces es un tirano con sus silencios. Habito entre fantasmas sigilosos. Mudos como este nieto que está en alguna parte y se acuerda de su abuelo y de esa casa en Avellaneda con ese pasillo largo, con ese patio repleto de botellas verdes, con la “picha”, con el florero de uvas de cristal. Eso dice ese nieto pero esas cosas hablan de un niño tímido sentado en una silla mirando cómo un hombre mayor hierve la eternidad en un jarrito anaranjado.


(Confieso que la literatura es una máscara excelente, que hablo menos, que las noches son abrazos de espinas. Digo esto y más porque hablar desde acá es como decir un allá y repetí muchas veces “allá” y “acá” y repetí muchas veces que somos niños que crecemos de golpe y ese golpe es un reloj de arena y que ese tiempo no es de nadie y que el amor hace que ese tiempo sea una esquina y esa esquina una espera y esa espera un viaje en taxi y ese viaje una conversación… así hasta que alguien escucha por primera vez su corazón).

viernes, 23 de enero de 2009

Después todo será un recuerdo y te irás libre de cargos. Los asesinos fumarán debajo de los puentes y vos lo harás como siempre. Alguien te espiará detrás de las cortinas y tu regreso jamás sucederá. Viajarás y te enamorarás y entre idas y vueltas los jueces y los caprichos serán frases sueltas de un impostor. Te atormentarán las noches sin estrellas y las balaceras de tus vecinos latinoamericanos. Aún así habrá un tormento indecible y toda palabra y todo silencio no te librarán del Leviatán. Mejor así. Y cuando te pregunten sí amaste o sí mataste, cuando te interroguen los murciélagos, sólo dirás sí o no. Lo demás se lo dejarás al gran Otro.
Y todo será una carcajada.

miércoles, 21 de enero de 2009

Todo Hombre es su secreto. Así el amor o el misterio. Acá o allá es Tiempo. Razón de ser en algo más. Cansancio. Sí o No caminos por andar. Sombras que hurgan los cristales. Atrás es zumbido. Manos sin retorno. No se lee con los ojos. Hay otro río atravesando el temblor. Las orillas a veces son de mármol. Alguien entra en la oscuridad y la enciende. Como una lanza en la niebla. Como una calandria herida. Calma o tempestad. Onomatopeyas del Ser. Esencias. Los párpados pocas veces son puertos. Desiertos en tu voz. Arena sin huellas. Todo Hombre es su secreto. También la flor que se abre al mundo sin saberlo. Como aquél que se ausenta. Como la sed de la tormenta. La muerte ríe de espaldas porque tiene tus dientes. Otros están despiertos.
Lo que nos llega siempre es otra cosa.

lunes, 19 de enero de 2009

Intentos inútiles de escribir. Sueños recurrentes: una mujer ensangrentada pide ayuda y nadie responde. Una patrulla persiguiendo mi clandestinidad. Calor. Frío. Ataques de desesperación. Recuerdo: ella de espaldas. Sus dedos sin uñas. Recuerdo dos: una mesa repleta de libros. Un gusano negro comiéndose las hojas. Páginas en blanco. Café uno. Café dos. Café tres. Palabra: lejos. Palabra dos: atrás. Pregunta: por qué nuestra estupidez. Pregunta dos: será que otros borrarán el don de habernos amado.
René Char: “Nos parecemos a esos sapos que en la austera noche de la ciénaga se llaman sin verse, doblegando a su grito de amor toda la fatalidad del universo”. Hoteles.Camas vacías. Rutas. Alambres tendidos en la mirada. Esas cosas que no se pueden explicar. La espera fútil. Esos domingos en los que no sabemos qué hacer. Ayer caminé por las calles de San Telmo. Hoy me atravieso con un tenedor. No te encuentro. Suena el teléfono. No atiendo. Plano principal: una cama, una silla y una mesita de luz. Un cuadro. Ella desnuda abre las piernas suavemente. Él entra en esa suavidad y se siente en casa. No necesitan nada más para ser felices. Palabra cursi: “felices”. Plano secundario: los terceros. Los testigos sordos. La falsa codicia. El oficio de la fuga. La ventana mal cerrada. La cobardía. El sufragio de los muertos. Los fantasmas. Las sirenas encadenadas a la risa.
Otro sueño frecuente: Escucho el llanto de un niño. Yo. Tú. Él. Nosotros. Estoy en un pasillo oscuro. Tiemblo. Será así la muerte. Una voz emerge de las paredes. Me pierdo. Me abismo. La caída no tiene fin. Se enciende una luz.
Alguien dice: Andrés por acá.

domingo, 18 de enero de 2009



No estás. Ni estaré. No habrá recompensa para los sheriff del lejano Oeste. Y esa mujer seguirá teniéndole miedo a los trenes. Como yo le temo al amor. Como hoy te confieso que dejemos las cosas así. Trémulas. Sin puntos ni comas. Dejemos que otros tomen nuestro lugar para seguir fingiendo lo que es. Eso o más. La astucia de volver antes de la lluvia. Dejemos que Lisa se oculte en los poemas de Bolaño y que los perros mueran sobre los puentes. Así como quien no quiere verse viejo en el espejo. Dejemos que se manifieste lo ausente, el cobarde de traje blanco, la fuga y el consuelo del perdón. Seamos eso nada más. O empecemos de nuevo. Desde otra orilla. Desde otro llanto. Hasta las cenizas. Hasta que el diablo diga basta. Cuando era chico tenía una bicicleta “aurorita”, una perra que se llamaba Samanta y un placard con muchos escondites. Digo esto y más. Porque decir es curar, porque cuando “digo” te veo acá cerca, sentada en mi cama esperando un café.

lunes, 12 de enero de 2009


La relación entre las cosas es su anulación. No existen como tal, son un recuerdo o algo así. Escribir es un acto inútil como la espera, el cansancio y el perdón. Me dedico a dormir, beber, leer, ser inútil y comer. Espero que lo anónimo se apodere de mí. Nada más. También fumo y evoco lo que ya no está: lo anulo.
Ayer caminé horas desde un lugar a otro y pensé que haber hecho (o no) tal cosa no condiciona nada y que la ilusión de lo presente es frágil como la desilusión de lo futuro. Hablé con esos fantasmas en voz alta lejos o cerca de todos los sitios y de todas las miradas aunque ellos miraban y no veían. Nadie puede decir qué hacer entre estos márgenes. Sólo escribir borrando. Paso las tardes tirado en la cama como podría pasarlas en Roma o en Avellaneda, enciendo una pipa tras otra y me veo reducido a nada. Es una elección como quien decide viajar o amar a cierta mujer.
Sé que esto es un absurdo pero no me importa. Tampoco ir a buscar lo que fue y será. Prefiero ser un cobarde. La valentía es para los ilusionistas. También me encontré con personas que no había visto en años y hablamos y hablaron y me mostraron las fotos de sus hijos y de sus nuevos novios. Escuché y me alegré por ellos y por todos. Les conté lo suficiente para abrir un par de botellas de cerveza. Hubo risas, miradas de rencor y sobre todo silencio. Después tomé un tren, viajé dos horas, crucé puentes, miré el reloj, estornudé y me sentí un merodeador de lo dado.
Así es. O no sé cómo es pero escribo desde la inutilidad y la permeabilidad de miradas y palabras que jamás podré olvidar. Ronda el tema de la codicia, de la relación con el dinero y lo material. Esos sótanos entre los gestos.

C ontadas veces los vi juntos. Tanto el uno como el otro conservaban una apariencia de hermanos. Había algo en sus cabezas... Siemp...