viernes, 19 de diciembre de 2008

Llegará un día, una tarde o una noche (nunca una mañana), en la que todo te parecerá innecesario. Llegará un momento en el que abandonarás (sin saber por qué) a tu amante, a tu mujer, a tu esposo o a tu perro, sin ningún remordimiento. Un día, una tarde o una noche en la que te convertirás en un vampiro, en un ser indeseable y mudo y vagarás eternamente por las planicies de un castillo. Llegará un instante en que dejarás el guante sobre la mesa y mostrarás tus manos sarnosas, leerás un cuento de Poe y te parecerá una estupidez. Llegará un auto, una bicicleta o un buen par de zapatos y te alejarás como un ser clandestino y te sumergirás en bares y en vasos colmados de whisky y en cuadros mal pintados y te rascarás los miembros y nada pero nada te detendrá. Ese día o esa tarde o esa noche (nunca una mañana) está cerca. Pero esa cercanía que nació con vos, te obliga a hacer con tu vida un sistema de preguntas y respuestas, una ocasión para celebrar un bautismo, un casamiento o un encuentro. Tarde o temprano todo se derrumbará y quedará tu esqueleto titilante bajo las promesas de lo no dicho y tus húmeros reclamarán una tumba. Un descenso que es un ruego de perdón. Porque todos (hasta el mayor de los asesinos) necesitan a un Gestas y a un Dimas al costado de su crucifixión; todos (hasta el menor de los hombres) esperan un perdón. Llamarás “perdón”, al amor o al desamor de ese hombre o de esa mujer. Te sentarás en un balcón y aguardarás. Esperarás algo que nunca va a llegar pero que inconcientemente validará tus pasos en la jaula.
Alguien ese mismo día o en esa insípida tarde leerá el mismo cuento de Poe y le parecerá haberte visto en algún sitio.
Tal vez, nunca lo sepas. Mejor así.

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