domingo, 21 de diciembre de 2008

Es levantarse con un dolor de cabeza insufrible. Es haber caminado horas entre calles y ladridos de perros. Es haber visto a parejas de la mano, entrando a un motel. Es haber escuchado a otras discutiendo y atravesarlas como una fecha, como un paseante sin destino. Es patear la puerta de la heladera y abrir una botella. Vaciarla con la mirada detrás de las cosas y ser parte de un malentendido. Es renunciar a preguntase por lo mismo. Es tal vez tener la capacidad de ser interrogado y dejar suspendido el cuerpo en la noche y navegar. ¿Hacia dónde? “Hacia lo que devine inicio”.
No es esto ni aquello ni el juego pretérito de palabras absurdas. Fue lo que no supimos decir. Fue esa mirada y su escasez. Fue lo que nos hizo despertarnos en otra cama y salir corriendo y dibujar en un plano la construcción de un adiós.
Fue ese “es” susurrante, atroz, que tenemos escondido en un estuche y que lucimos y lo hacemos carne. Carne de otros con otros. Y allá vamos con el “es”, blandiendo muestra mierda en inodoros de cristal.
Hasta que llegamos y nos vemos en el espejo y nuestro rostro está desfigurado como el rostro del Otro y nos decimos que ese Otro (que en algún momento fue nuestro “es”), es un mono maloliente, es un “también”, algo más en la fuga del tiempo y sonreímos y el espejo sonríe y ese mono maloliente sonríe y nos damos cuenta que no hay una vuelta atrás y encendemos un cigarrillo y fumamos y todos fuman, el “es”, el mono, el “también”, todos son uno y ninguno. Y alguien dice hagámoslo. Y alguien se la pone en la boca y alguien dice o se dice: “¿después qué?”
Entonces todo tiene sentido y esa mujer regresa y ese auto se queda sin gasolina.
Es esa pregunta por el “es” un interrogante sin causa. Y esa mujer vuelve, después de haber hecho el amor en infinitas mesas de billar; vuelve sin maquillaje, con un diente flojo, con hedor. Vuelve y golpea la puerta. Se saca los zapatos y vigila la eternidad.

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