sábado, 27 de diciembre de 2008

No recuerdo bien en qué año fue pero sí sé que fue en una navidad y que después de brindar salí y llegué hasta Chacarita (no sé cómo ni por qué) y entré en un cabaret de medio pelo que en ese momento se llamaba “New York”. Y ese nombre en inglés y esa ciudad de allá le otorgaban a ése lugar un clamor que no tenía. Llegué y me tropecé en la puerta con un hombre grueso de voz aflautada que me preguntó algo que no recuerdo o que sí recuerdo pero que no vale la pena citar y se hizo a un lado y abrió una puerta. Caminé unos pasos y escuché una canción y seguí y me apoyé en un mostrador y una mujer disfrazada de papá Noel (todos de alguna manera estábamos disfrazados) me dijo sí la invitaba un trago. Dije que sí no sé a quién, alguien trajo una cerveza y esa mujer me mostró sus dientes y sus piernas y yo las acaricié. Esa mujer se llamaba de algún modo y nos sentamos en una mesa y frente a nosotros (y a todos los que estábamos) había un televisor y dentro de ese televisor había dos hombres cogiendo y yo dije algo y esa mujer se rió de una forma inolvidable. Pedí otra cerveza y esa mujer me preguntó sí tenía dinero y en otra mesa había otro papá Noel con otro hombre y ese hombre era mucho mayor que yo y fumaba y fumaba y la tocaba como si acariciara a un puercoespín y gemía y entendí o traté de entender que todo estaba perdido y que ese hombre era yo y yo era ese hombre, como un arquetipo inexacto de palabras mal empleadas y esa mujer (la que estaba a mi lado y decía llamarse de algún modo) volvió a preguntarme sí tenía dinero y hurgué en mi bolsillo y encontré algo y ella me dijo que con eso la podíamos pasar genial acá cerca en un hotel y no sé qué dije y a mi lado había otra mesa y había otros hombres con todo afuera menos su bondad. Y dije: vayamos y a todos les dije ¡vayamos! Y atrás de no sé dónde había unos sillones largos forrados con piel de gatopardo bañados con una luz amarillenta y allí había otros papás Noel lamiendo los genitales de la clandestinidad y todos supurábamos cansancio e interrogaciones y entonces entró la policía y las luces se encendieron y muchos escondieron sus armas y otros insultaron y otros pidieron más licor. Y esas luces nos mostraron nuestras miserias y nadie levantó las manos y los policías fueron hasta el mostrador, hablaron con alguien y ese alguien abrió la caja registradora e hizo un gesto y eso bastó para que esos policías no nos pidieran los documentos y uno de ellos (que era alto y tenía anteojos oscuros) se guardó un fajo en el bolsillo y esa mujer que estaba a mi lado me la tocó y me dijo que la tenía dura. Y se fueron y las luces se apagaron y la navidad recobró su grandeza y las risas volvieron al lugar y yo pregunté a dónde estaba el baño y fui y atravesé esa jungla de sillones y pude ver los nueve anillos del infierno de Dante y a Francesca y a todos los demonios de la literatura universal. Pude verme como un esqueleto sin mañana tratando de orinar en algún sitio y todo fue tan rápido que no sé cómo sucedió. Llegué hasta la mesa y esa mujer estaba semidesnuda y me mostraba su cosa y yo se la palpaba y le dije algo y ella me volvió a preguntar por el dinero. Y le dije “vamos” y fuimos y lo hicimos entre sábanas manchadas, entre chinches y cucarachas y ella me dijo que le tenía dura y todo se fue al carajo y ese carajo me llevó a caminar cuadras y cuadras en la soledad más absoluta y esa soledad me dijo que la navidad era para personas civilizadas y yo le pregunté a qué se refería con “personas civilizadas” y ella desvió la conversación y sentí un dolor tremendo como una raspadura y ella me habló de otras cosas y me dijo que en el Waterloo de Peter Hofschroer se justificaban los errores tácticos de Napoleón, a lo que no supe qué decir y ella insistía en que me comprara ese libro o que no lo robara. Y hablamos de libros y yo le dije que lo mejor que había leído hasta ese momento era “El alma fugitiva” de Brodkey, a lo que me respondió que era un gran libro. Después me sugirió la lectura de Sebald, a lo que le dije que era de uno de mis escritores canónicos. Entonces algo pasó o algo se salió de curso (era tarde y a cierta hora todo se convierte en lo mismo), un auto se detuvo y bajaron tres hombres enmascarados y dijeron mi nombre y me golpearon y me obligaron a subir y subí y el conductor era yo y el acompañante también era yo y el que estaba conmigo también era yo y yo no sé quién era y la noche nos envolvió con su anonimato y todos los que eran “yo” me hablaron de autores y de libros y todos me dijeron que me iban a matar y yo (que no sabía realmente quién era) dije o me dije que me dispararan sin piedad y alguien sacó un revólver plateado y disparó y todos disparamos a diestra y a siniestra y nos estrellamos contra un árbol. Amaneció y esa mujer vestida de papá Noel me sacó del auto y me llevó a su casa.
Amaneció y estaba en la cama de un hotel y escuché el sonido de la ducha y pude entender que todo había sido una pesadilla y esa mujer con la que había hecho atrocidades se estaba bañando y el mundo seguía como si nada hubiera sucedido.

domingo, 21 de diciembre de 2008

Es levantarse con un dolor de cabeza insufrible. Es haber caminado horas entre calles y ladridos de perros. Es haber visto a parejas de la mano, entrando a un motel. Es haber escuchado a otras discutiendo y atravesarlas como una fecha, como un paseante sin destino. Es patear la puerta de la heladera y abrir una botella. Vaciarla con la mirada detrás de las cosas y ser parte de un malentendido. Es renunciar a preguntase por lo mismo. Es tal vez tener la capacidad de ser interrogado y dejar suspendido el cuerpo en la noche y navegar. ¿Hacia dónde? “Hacia lo que devine inicio”.
No es esto ni aquello ni el juego pretérito de palabras absurdas. Fue lo que no supimos decir. Fue esa mirada y su escasez. Fue lo que nos hizo despertarnos en otra cama y salir corriendo y dibujar en un plano la construcción de un adiós.
Fue ese “es” susurrante, atroz, que tenemos escondido en un estuche y que lucimos y lo hacemos carne. Carne de otros con otros. Y allá vamos con el “es”, blandiendo muestra mierda en inodoros de cristal.
Hasta que llegamos y nos vemos en el espejo y nuestro rostro está desfigurado como el rostro del Otro y nos decimos que ese Otro (que en algún momento fue nuestro “es”), es un mono maloliente, es un “también”, algo más en la fuga del tiempo y sonreímos y el espejo sonríe y ese mono maloliente sonríe y nos damos cuenta que no hay una vuelta atrás y encendemos un cigarrillo y fumamos y todos fuman, el “es”, el mono, el “también”, todos son uno y ninguno. Y alguien dice hagámoslo. Y alguien se la pone en la boca y alguien dice o se dice: “¿después qué?”
Entonces todo tiene sentido y esa mujer regresa y ese auto se queda sin gasolina.
Es esa pregunta por el “es” un interrogante sin causa. Y esa mujer vuelve, después de haber hecho el amor en infinitas mesas de billar; vuelve sin maquillaje, con un diente flojo, con hedor. Vuelve y golpea la puerta. Se saca los zapatos y vigila la eternidad.

viernes, 19 de diciembre de 2008

Llegará un día, una tarde o una noche (nunca una mañana), en la que todo te parecerá innecesario. Llegará un momento en el que abandonarás (sin saber por qué) a tu amante, a tu mujer, a tu esposo o a tu perro, sin ningún remordimiento. Un día, una tarde o una noche en la que te convertirás en un vampiro, en un ser indeseable y mudo y vagarás eternamente por las planicies de un castillo. Llegará un instante en que dejarás el guante sobre la mesa y mostrarás tus manos sarnosas, leerás un cuento de Poe y te parecerá una estupidez. Llegará un auto, una bicicleta o un buen par de zapatos y te alejarás como un ser clandestino y te sumergirás en bares y en vasos colmados de whisky y en cuadros mal pintados y te rascarás los miembros y nada pero nada te detendrá. Ese día o esa tarde o esa noche (nunca una mañana) está cerca. Pero esa cercanía que nació con vos, te obliga a hacer con tu vida un sistema de preguntas y respuestas, una ocasión para celebrar un bautismo, un casamiento o un encuentro. Tarde o temprano todo se derrumbará y quedará tu esqueleto titilante bajo las promesas de lo no dicho y tus húmeros reclamarán una tumba. Un descenso que es un ruego de perdón. Porque todos (hasta el mayor de los asesinos) necesitan a un Gestas y a un Dimas al costado de su crucifixión; todos (hasta el menor de los hombres) esperan un perdón. Llamarás “perdón”, al amor o al desamor de ese hombre o de esa mujer. Te sentarás en un balcón y aguardarás. Esperarás algo que nunca va a llegar pero que inconcientemente validará tus pasos en la jaula.
Alguien ese mismo día o en esa insípida tarde leerá el mismo cuento de Poe y le parecerá haberte visto en algún sitio.
Tal vez, nunca lo sepas. Mejor así.

lunes, 15 de diciembre de 2008

Teníamos veinte años y éramos inseparables. (“Inseparables” es una palabra que sólo puede usarse a esa edad. Los años van desgastado las cosas hasta hacerlas aparecer de otro modo. Abuso del paréntesis para preguntarme, hoy, muchos años después, sí recordar un hecho tan lejano vale la pena. Sigo en esa línea abusiva del paréntesis para reformular esta pregunta. Qué vale la pena. Todo. O casi nada. Hoy me desperté temprano. Es domingo y pasaron muchas cosas desde aquel “teníamos veinte años”. Abandono la forma imperativa del paréntesis y me digo y digo que ayer-sábado- la noche dejó varios cadáveres sobre la playa).

No teníamos muchas obligaciones. Casi ninguna. Podíamos darnos el lujo de no trabajar y dedicarnos a hacer todo lo que se nos ocurriera. Nos juntábamos a las seis de la tarde en el gimnasio de Daniel Cerrini. Siempre entrenábamos juntos. El Negro, Pato y yo.

El Negro era de Paraná. Hasta el día de hoy sigue siendo un amigo entrañable. El Negro era un peleador nato. Le encantaba provocar y romperle la cara al primero que lo mirara mal. Sus trompadas eran fatales. Podía derrumbar una pared. El Negro es esa clase de amigos que nunca te falla. Fiel como un perro rabioso. En aquellos días estaba saliendo con una chica que la había conocido en Paraná y que se la trajo a vivir a Buenos Aires. Todo en el Negro era de allá. La forma de caminar, su mirada, su inocencia, su elocuencia. Un verano me invitó a conocer su casa natal. Mi padre me pagó el pasaje en avión. “Veníte Andrés, que no sabés lo bien que la vamos a pasar”. Así era y es el Negro. Espontáneo. Directo. Sin vueltas. Era mi primer viaje en avión.

Llegué al aeropuerto de Paraná, caminé unos metros y lo vi. Ahí estaba con una sonrisa eterna. Abrió los brazos y me apretó fuerte: “Hermano qué bueno verte”. Recuerdo que hacía un calor tremendo y que en el avión le robé a la azafata una petaca de whisky y la bebí de un trago. Recuerdo que el Negro estaba muy bronceado y ese bronceado en esa piel tan oscura lo hacía brillar. Recuerdo también que en el aeropuerto había una invasión de cascarudos y que volaban por todos lados y que la gente los aplastaba con furia y esos asquerosos insectos hacían un ruido espantoso cuando morían.

(Vuelvo al uso del paréntesis para jugar con la temporalidad de los hechos. Para entrar y salir de los años y para hacer de esos años un lugar común. Hoy es domingo-ya lo dije- y me levanté con las manos ensangrentadas. Sangre que nace de una mala mitología, de un mal encuentro o de un mal desencuentro. Esa sangre tiene palabras en sus glóbulos, palabras que jamás olvidaremos y que poco a poco empezarán a envenenar las arterias hasta el infarto. Explosión, mito o goce del cuerpo que se tiende en la madrugada para esperar tácitamente la llegada de otro órgano. Qué pasó ayer. Cómo dos personas pueden ser en un instante dos venenos, dos monólogos mal punteados, repletos de errores ortográficos. El cuerpo está tendido y ese órgano nunca va a llegar).

El Negro paró un taxi. Saludó (allá todos se conocen y se desconocen) y llegamos a su casa. Era un caserón antiguo. Gigante. Repleto de cosas. Estábamos solos. Abrió una botella de ron y el verano entró por las ventanas de esa casa y de nosotros.
Quiero detenerme en esto: ese verano fue mágico. Conocí a personas que para mí -hasta ese momento- vivían sólo en las novelas. Tal vez un día escriba sobre ellos y sobre aquella topografía que marcó ciertas formas del ver el mundo. Quiero dejar asentado, en esta elocuente declaración de anécdotas, que el Negro me presentó a todos sus amigos y todos sus amigos me miraron como aquél tipo de Buenos Aires. Aquél tipo que se podía dar el lujo de tutear a una persona sin conocerla. Ese poder inasible que se generó desencadenó una serie de rumores que hicieron que una cosa insignificante tenga una significación. Pese a esto, los amigos del Negro fueron instantáneamente mis amigos y sus acentos y la falta de mis acentos nos situaron en un mismo punto de partida.

(No me hubiese ido aquella noche. No hubiese llamado por teléfono desesperadamente a alguien a las tres de la mañana. No hubiese permitido que la estupidez reemplace a la embriaguez. Que no seamos capaces de decir basta. De detener las cosas antes. Pienso en Diana y en Acteón. En la mirada del psicoanálisis. En los perros y en el desnudo. En lo que se oculta. En lo que nunca hay que decir. En el ridículo. En los bosques cubiertos de nieve. Pienso y me contradigo en ese pensar porque me duele el estómago por el vino barato que tomé ayer. Me arden los intestinos por la destilación de ese vino y de tus ojos. Pienso que el pensar es a veces una grandísima mierda y que a todos nos molesta leer la palabra “mierda”. Enciendo una pipa).

Pato era otra cosa. A qué me refiero con “otra cosa”. El Negro me lo presentó. Al principio era un tipo muy cerrado. Tenía y tiene unos ojos celestes que lo convertían a cierta hora -esto lo comprobé años después- en una especie de lobo hambriento. Los padres de Pato eran irlandeses. Él heredó esa fortaleza y esos dientes blancos y sin caries. El Negro estaba fascinado con Pato. “No sabés cómo se levanta minas. Todas están atrás de él”. Era gracioso porque Pato estaba enamorado de una de esas “minas” y esa “mina” lo ignoraba. Con Pato compartimos muchas cosas. Era el único que vivía solo. Eso para el Negro y para mí era un tesoro. Ir a su casa los viernes a la noche, sentarse en esa cama, ver cómo preparaba esos tragos imposibles (tragos que con sólo olerlos mareaban) nos sumergía en un ambiente casi marginal. Clandestino.

Pato vivió solo desde siempre. Los padres se separaron antes de que él cumpliera doce años. Su primera experiencia sexual fue a los trece con la chica que le limpiaba el departamento.“Te das cuenta, a los trece, me dijo el Negro”. Cuando Pato contaba esta anécdota la narraba como aquél conquistador que de repente grita “Tierra”. Su nivel de detalles en cierto momento incomodaba.
Hablaba pausado, a veces su voz se perdía en una especie de ronquera crónica. El Negro lo miraba con respeto. “Imagínate se la metió por todos lados y a los trece”.
Pato se convirtió en nuestro consejero sexual. No quiero decir que a los veinte años no teníamos mucha experiencia (no la teníamos) pero daba la sensación de que Pato lo había vivido todo.

Su departamento era siniestro. Una vez me lo prestó para que llevara a una chica. Recuerdo que no pude hacer nada y que la chica me miraba sin saber qué decir. Era un lugar tenebroso. Siempre oscuro. Sucio. Había tres gatos y los tres eran malísimos. En el dormitorio había colgado las alas de un águila. Eran alas de verdad. El padre la había cazado.
Tenía una foto de Nirvana. Era uno de sus grupos favoritos y siempre lo escuchábamos mientras nos emborrachábamos. Había un equipo de música que para esa época era algo adelantadísimo y además se las había ingeniado en hacer una conexión integral entre el televisor, la video grabadora y ese equipo que me parecía algo totalmente innovador.

Los consejos de Pato eran increíbles, casi se topaban con la ciencia ficción. A los veinte años había participado en un sinfín de orgías, se había acostado con varios hombres y se hizo un tratamiento para alargarse la verga.

Aquí detengo los hechos y la cara del Negro se hace presente más que nunca. “¿Cómo un tratamiento para alargarte la verga?” Pato sonrió. Yo también. Habíamos bebido de más.

El Negro lo miró detenidamente obligándolo a responder. No me acuerdo qué se dijo. O qué respondió Pato. O qué dije yo. La cosa era que teníamos veinte años y estábamos totalmente ebrios y hubo risas y silencios. Hubo miradas cómplices y anécdotas. Pato hizo un gesto y la sacó o eso creo y el Negro también la sacó y se la midieron y Pato dijo que lo más importante era tenerla gruesa y yo encendí el equipo de música y sonó el timbre y el Negro me dijo algo y yo le respondí y el Negro buscó otra regla y Pato nos dijo que nos fuéramos por la puerta de servicio porque había llegado su chica y el Negro lo puteó y Pato seguía con la verga afuera. Y nos fuimos y esa noche con el Negro caminamos por Cabildo y todos los negocios estaban cerrados y el Negro se detuvo en una esquina y vomitó.

(Después: las lecturas apuradas de Perec. Tu cuerpo en la ducha. Las manchas de café en los libros. Esa nota: “El encuentro entre dos personalidades es como el contacto entre dos sustancias químicas: si existe una reacción, ambas se transforman”. La risa que acompaña la nostalgia. Ese balcón sin plantas. El cactus y las flores que nunca verás. Mis caminatas por el cementerio de la Chacarita. La insuficiencia de la soledad. Los bares del costado del cementerio. Esa mujer que te dijo que lo hacía por ocho pesos. Ese viaje insufrible hasta mi casa. Las palabras que quedaron entre los alambres de la ruta. La luna del Norte y nuestros fantasmas echados sobre un puente. La vejez. La certeza de saber que algún día todo será lo mismo. La inconsistencia de lo eterno. Las manos de mi madre.
Esas llamadas nocturnas. El vaso y el revólver. Esa mujer).

Domingo. Cuatro de la mañana: “No puedo dormir. Me gustaría que estuvieras acá conmigo.

C ontadas veces los vi juntos. Tanto el uno como el otro conservaban una apariencia de hermanos. Había algo en sus cabezas... Siemp...