martes, 11 de noviembre de 2008





Esta vez no te importa. Estás sentado en el bar. Afuera. En esa esquina. Miller y Le Bretón. La mesa es cuadrada. De madera maciza. Estás contento. Pero esa alegría no es efímera sino que has llegado a entender el por qué de tu soledad. O el por qué del estar acompañado. Un perro se acerca. Es el “Negro”. El que duerme todas las noches en el zaguán de esa casa abandonada. Casa que señalás con el dedo y que tal vez, pocos hayan descubierto las esvásticas talladas sobre los herrajes de las ventanas. ¿Quién vivirá ahí? Es una pregunta trivial. Encendés la pipa con tu clásico encendedor de bencina. Pitás. El humo bordea el vaso. El “Negro” le ladra a una bicicleta. Todo transcurre como siempre o ese transcurrir está impregnado de una cierta familiaridad. En la mochilla tenés un cuaderno de notas y un libro. “Lugar común” de Bruce Bégout. Leés:
“… sería por tanto inexacto creer que el anonimato corresponde a una privación de identidad, ya que no es más que su simple puesta entre paréntesis. En el anonimato el yo no se abandona, es él quien abandona a los otros…”
Te fascina esa instancia o tránsito entre lo que se enciende y se apaga. Te acordás de las clases de filosofía bajo esos techos húmedos del invierno. Las caminatas por la calle Junín. Las escaleras de granito blanco. Sonreís.
Hablás desde una ausencia que deja todo como estaba. Inalterable como “el desastre” según Blanchot. Está presente esa mujer que te enseñó los rituales de la lengua y el juego errático -casi esotérico- de desaparecer sin que nadie se sorprenda.
Repetís: esta vez no te importa.
Antes: el abuelo Juan, la perra Amelaida, la casa de mármol negro, 821-1770, el teléfono gris, los sillones colorados, los sapos y las dolencias. El anonimato de la renuncia: la ruta, esas paredes blancas, los cuadros del más acá, el apellido de esa doctora: “Rodríguez”; lo que no se dijo, la escena final. La frase de Donoso: “el horror de la belleza”. Tu infancia. Martín Karadagián. Los titanes en el ring. La estación de Villa Domínico. Ella. La inconsistencia del texto. El búho y la calandria. El carajo. La hijaputez y el estornudo. Esas cosas. Otras cosas. Esos puentes metafísicos que te hacen ser quien sos. Un monólogo. Una carcajada en la oscuridad.



(Antes de encontrarme con alguien me compongo y descompongo. Bebo. Miro mis heces y leo algún poema. Me lavo las manos con jabón líquido. Dejo el vaso en su lugar. Le saco la lengua al espejo. Ordeno una pila de libros).

1 comentario:

D dijo...

Y antes, antes todavía, el mate de leche, la sonrisa allá, casi donde comienza el olvido. Maravilloso, Andrés, maravilloso.Siempre desde el amor, nunca desde la nostalgia. D