miércoles, 26 de noviembre de 2008


La mujer que vivió conmigo siete años y dijo amarme- y yo dije amarla y ambos dijimos e hicimos lo dicho o lo pactado- fue madre de un bebé (según me dicen “hermoso”) al que llamaron (ellos …los padres) Dante.
Una larga sonrisa asaltó mis gestos y un largo adiós giró como el tambor de un revólver sobre los años y los días compartidos con esa mujer. Qué bien. Qué excelente recompensa (si es que este término es válido) para un hombre como yo. Un solitario y memorioso detective de salvajes recuerdos que conducen a una buena botella de ron. Qué bien. Por aquél viaje que emprendimos juntos a esas tierras lejanas. Viaje al más allá o al más acá. En Texas juntos pero arbitrariamente separados, la madre de Dante ahorraba(ahorrábamos) para cumplir sus (nuestros) sueños de libertad: una casa en Buenos Aires, una carrera por terminar, un marido para amar. Qué bien. Aplausos para esa mujer y para esos años. Los detalles son menores . Como dijo el maestro Onetti: "ella es dueña de su estómago y de su vagina". Pocos veces fui el "dueño" de esa vagina o qué sé yo cómo llamar a ese acto en el cual un hombre erecto se mira en el espejo sabiendo que el final y el principio son partes de un mismo silencio. Celebro la llegada de Dante al mundo. A ese mundo. Un mundo al que yo jamás hubiera podido acceder. El mudo consorcio de cuerpos embalsamados. Vuelvo a Texas. Allá. A esas calles que nos vieron tomados de las manos. Nos vieron y nos verán porque allá están esos fantasmas inofensivos de la fantasía.

Me contaron que un día la madre de Dante me vio sentado en el cordón de la vereda y que sigilosamente pasó sin saludarme. Estaba con su panza y sus pechos colmados de esperanzas. Me contaron que yo no me di cuenta y que detrás de una escena hay otro actor. Un espejo infinito de miradas. Eso contaron. Porque la gente habla y en el habla se pierde. O dice perderse. No sé.

Una tarde en un estacionamiento de un supermercado, allá en Texas, estaba con mi amigo Arturo sentado en su camioneta. Ambos mirábamos un cartel luminoso. Habíamos terminado de trabajar. Una jornada dura, lejana, sin aliento. Una jornada por un jornal a cientos de kilómetros de nuestros primeros pasos. Estábamos y estamos. Porque -como ya dije- allá están los fantasmas inofensivos de la fantasía. Arturo hablaba de su único y verdadero amor y de la errancia en ese amor. Gesticulaba. Después mencionó a su padre. Su muerte. Y su ausencia. Arturo tenía y tiene la capacidad de trasladarte a "ese" lugar en el que sucedieron las cosas. Sus palabras son exactas. Descarnadas. Sarcásticas. Las luces del cartel de neón titilaban. Hubo un silencio-tal vez mi relato no sea fiel. Quizá el silencio nunca haya existido- yo dije: "un hombre pierde los ideales por una mujer". Nos abrazamos. Ambos entendimos las heridas, las balaceras, los bares y tragos, nuestras hembras.


Esa noche llegué a casa y la mamá de Dante estaba dormida. Me acosté y la abracé fuerte.


Sonó el teléfono. No quise levantarme.


martes, 11 de noviembre de 2008





Esta vez no te importa. Estás sentado en el bar. Afuera. En esa esquina. Miller y Le Bretón. La mesa es cuadrada. De madera maciza. Estás contento. Pero esa alegría no es efímera sino que has llegado a entender el por qué de tu soledad. O el por qué del estar acompañado. Un perro se acerca. Es el “Negro”. El que duerme todas las noches en el zaguán de esa casa abandonada. Casa que señalás con el dedo y que tal vez, pocos hayan descubierto las esvásticas talladas sobre los herrajes de las ventanas. ¿Quién vivirá ahí? Es una pregunta trivial. Encendés la pipa con tu clásico encendedor de bencina. Pitás. El humo bordea el vaso. El “Negro” le ladra a una bicicleta. Todo transcurre como siempre o ese transcurrir está impregnado de una cierta familiaridad. En la mochilla tenés un cuaderno de notas y un libro. “Lugar común” de Bruce Bégout. Leés:
“… sería por tanto inexacto creer que el anonimato corresponde a una privación de identidad, ya que no es más que su simple puesta entre paréntesis. En el anonimato el yo no se abandona, es él quien abandona a los otros…”
Te fascina esa instancia o tránsito entre lo que se enciende y se apaga. Te acordás de las clases de filosofía bajo esos techos húmedos del invierno. Las caminatas por la calle Junín. Las escaleras de granito blanco. Sonreís.
Hablás desde una ausencia que deja todo como estaba. Inalterable como “el desastre” según Blanchot. Está presente esa mujer que te enseñó los rituales de la lengua y el juego errático -casi esotérico- de desaparecer sin que nadie se sorprenda.
Repetís: esta vez no te importa.
Antes: el abuelo Juan, la perra Amelaida, la casa de mármol negro, 821-1770, el teléfono gris, los sillones colorados, los sapos y las dolencias. El anonimato de la renuncia: la ruta, esas paredes blancas, los cuadros del más acá, el apellido de esa doctora: “Rodríguez”; lo que no se dijo, la escena final. La frase de Donoso: “el horror de la belleza”. Tu infancia. Martín Karadagián. Los titanes en el ring. La estación de Villa Domínico. Ella. La inconsistencia del texto. El búho y la calandria. El carajo. La hijaputez y el estornudo. Esas cosas. Otras cosas. Esos puentes metafísicos que te hacen ser quien sos. Un monólogo. Una carcajada en la oscuridad.



(Antes de encontrarme con alguien me compongo y descompongo. Bebo. Miro mis heces y leo algún poema. Me lavo las manos con jabón líquido. Dejo el vaso en su lugar. Le saco la lengua al espejo. Ordeno una pila de libros).

C ontadas veces los vi juntos. Tanto el uno como el otro conservaban una apariencia de hermanos. Había algo en sus cabezas... Siemp...