viernes, 31 de octubre de 2008

Ayer tomé una cerveza en un bar, fumé una pipa, leí a Foster Wallace. Me dije: nadie sabe que estoy acá; puedo irme, dejarlo todo. Puedo asesinar a la mujer que me espera. Tomar un ómnibus, cruzar una frontera, llegar a un pueblo. Repetir un nombre. Acariciar a un perro. Ocultarme en otro rostro. Puedo imaginarlo y vivirlo de otro modo. También ayer leí a Miller acostado en la cama. Síntoma y fantasma. Modos de nombrar lo que no está. “Modos”. Me quedo hoy con esa palabra y con un leve dolor de cabeza. “Modos”. Predicados confusos que me hacen encontrar con los demás. Debemos cuidar la sintaxis. Y este texto mal puntuado y estas ideas apuradas que sintetizan idas y vueltas. Un complejo organismo de miradas que esperan. Eso es: la espera. Y nuestra relación. Ayer también hablé del que espera. Y de eso que llega. Siempre otra cosa. Y qué hacemos con lo que no llega. Escribimos. Agusanamos al Otro. Recuerdos. Fragmentos. Destellos de un error. Ayer le dije a una mujer que la amaba. Lo inscribí en mi ausencia.
Porque eso en definitiva es todo: el modo que tenemos de ausentarnos.
Después aplasté una cucaracha, caminé algunas cuadras y me acosté. Hoy que escribo esto-y que me arrepiento de haberlo escrito- hablé por teléfono y me dije: nada puede hacerte daño.
Después coordiné el taller de filosofía de los sábados: ¿qué se dice "comienzo"? según M. Heidegger. Me sorprendío la respuesta de los talleristas. Hubo una persona nueva: Mirta.
Llegué a casa, miré mis dos cactus -Bolaño y Tizón- y volví a fumar una pipa. Pensé en mi padre, en su vejez, en la última sesión con mi terapeuta. Pensé en mi viaje a Lima, en la calidez de la familia de Arturo -mi gran compañero de ruta-, en sus hermanos, en su madre. Lima y sus ojeras.
Atrás la noche y los palimpsestos tallados en el alma. (Vallejo siempre ahí acomodando su esqueleto entre sus heraldos negros).

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