viernes, 3 de octubre de 2008

Sucedió así: terminé de leer unos poemas de Idea Vilariño. Era tarde. Bebí lo suficiente o lo insuficiente para comprender que la poesía no puede ser leída, que la lectura es un plagio.
Me acosté. Cerré los ojos. Escuché (algunos minutos después o quizá horas antes) la voz de mi padre. Me desperté. Algo o alguien (esta es la parte cómica o terrorífica del asunto) me destapó. Todas las sábanas estaban en el suelo. De repente: un hálito, un ruido ensordecedor, mis pupilas dilatadas, el corazón acelerado, tus últimos gestos… una sábana vuela hacia mi cara (me paralizo, pienso: esta es mi última noche, muero aquí en mi cama, en mi departamento de la avenida Congreso, muero allá en las huellas de los otros, en las sombras de los perros)… vuela y se detiene en mi cara ante mis palabras: Cristo mío.
Todo quedó como estaba. Mi cuerpo preso en el desconcierto.
Hoy tengo la sensación de haber vivido una muerte. Quizá el fin de un duelo o el principio. Cuando le conté a mi analista sólo provoqué algunas articulaciones metafóricas acerca del lenguaje.
Quizá sólo sea eso. Un atroz horror a la belleza.

1 comentario:

dominga dijo...

qué pasó boie... te lanzaste al vacío y lo mejor de tu pluma al fin puedo leer.

salud por ese salto.