martes, 14 de octubre de 2008


Hoy me desperté pensando en Doña Mari, una mujer que conocí en Texas y que en ciertos momentos de soledad (allá, en ese lugar sin nombre, en las fronteras de la desesperación) la abrazaba ¡tan! fuerte que tenía miedo de asfixiarla.
Doña Mari llegó Texas, muchos años antes que yo. Cruzó el río Bravo, se ocultó en el desierto, desafió a los coyotes, dialogó con la virgen de Guadalupe, pidió por sus muertos, por sus hermanos. Llegó con sus cincuenta años escapándose de las deudas que su marido se había olvidado de pagar, compromisos que la ahorcaron, que le hicieron tomar una decisión: irse. Empezar de nuevo. Sin documentos, sin inglés, sin familia. Irse. Llegar a la casa de unos supuestos compadres. Dormir en el suelo. Irse. Pararse en una autopista sin regreso; perderse en esas calles de nombres impronunciables.
Doña Mari poco a poco se adaptó. Quedarse es sobre-vivir. Limpiar baños. Tender camas. Madrugar. Juntar el dinero para el alquiler. Vivir en un departamento con otras familias.
Algunos inmigrantes tienen la suerte de sortear todos estos obstáculos. Ella tuvo la suerte de no perder la esperanza. Yo, la fortuna de encontrarla. Nos conocimos en una pizzería. Ella era cocinera. Yo un aprendiz. Noche tras noche transpirábamos haciendo bollos, cortando cebolla, aceitando moldes. Noche a noche mi cariño por Doña Mari crecía. Trabajamos seis meses juntos. Me contó de sus hijos, de su México adorado, de su antiguo puesto de flores en el pasaje “Ortiz”. Era y es una mujer inolvidable. Pocas veces uno se encuentra con personas inolvidables.
Ahora le escribo, después de algunos años. Ya en Buenos Aires, con cierta tranquilidad y con unos kilos de más. Le escribo desde ese lugar que olvidan los recuerdos; un espacio privado casi imperceptible. Doña Mari está ahí, sonriente e inmortal, con sus preguntas vivaces, su guardapolvo impecable, su pelo enrulado. Esta ahí y allá luchando contra la sombra del porvenir. Porque como siempre decíamos: “los Hombres silbamos en la intemperie”. Esa intemperie que esta tan cerca que parece invisible. Esa intemperie que no solo es la falta de trabajo o dinero, es la sensación de estar “a-fuera” de las cosas. En un exilio infinito. Tal vez, en aquél momento nuestra intemperie haya sido común.
Hoy mi intemperie se cubre de recuerdos, de anécdotas y de personas que no están.

“Nunca te olvides, Andrés, de dónde venemos”.

1 comentario:

Núria dijo...

Bonito texto. Es magnífico que por casualidad encontremos una persona cuya fortaleza y cuya esperanza, nos transmitan ganas y fuerzas para seguir adelante.

Un saludo,
Núria

P.D.: Ahora, el blog que actualizo, no tan a menudo como desearía es http://bugseatbooks.blogspot.com