martes, 23 de septiembre de 2008


Ayer me crucé con Roberto Bolaño. O eso pensé. Era tarde. Estábamos en la estación Drago. Detrás estaban las vías del tren y los sueños de ciertas casas derrumbadas. Lo abracé. A cierta hora de la madrugada un hombre necesita un abrazo.
Roberto tenía una taza de café en la mano derecha. Su mirada lo decía todo: era un sueño, él se había muerto enamorado de otra mujer.
Encendí un cigarrillo. Miré las manchas de humedad de las paredes de la estación. Estábamos solos. Bolaño tomaba su café.
Hablamos de muchas cosas. Le conté sobre mis viajes repentinos a Córdoba, mis paseos nocturnos por la avenida Corrientes, mis nuevas lecturas. Le hablé de una novela que estoy tratando de terminar: “Flores para Heidegger”.

- Me gusta el título.

Me recitó “Lisa”. Me dijo que en Gerona las mujeres no se depilaban.
- “Flores para Heidegger”. Me llama la atención el nombre.
- Heidegger esta en Buenos Aires buscando una mujer y se involucra en un asesinato.
- ¿Entonces?
- La última llamada telefónica que hace esa mujer es para hacer un pedido de flores.

3 comentarios:

Anónimo dijo...
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dominga dijo...

dios santo... adivina a quién estoy leyendo.

no con fines didácticos, mucho menos por diversión.
leerlo es casi como una terapia con Freud, solo que más libre, o no? quizás aprisiona y todavia no me doy cuenta.

saludos

karen dijo...

Flores que lindo... me gusta ese llamado... me dan miedo ciertos silencios pero algo me dice que no tengo que tener miedo.