martes, 23 de septiembre de 2008


Ayer me crucé con Roberto Bolaño. O eso pensé. Era tarde. Estábamos en la estación Drago. Detrás estaban las vías del tren y los sueños de ciertas casas derrumbadas. Lo abracé. A cierta hora de la madrugada un hombre necesita un abrazo.
Roberto tenía una taza de café en la mano derecha. Su mirada lo decía todo: era un sueño, él se había muerto enamorado de otra mujer.
Encendí un cigarrillo. Miré las manchas de humedad de las paredes de la estación. Estábamos solos. Bolaño tomaba su café.
Hablamos de muchas cosas. Le conté sobre mis viajes repentinos a Córdoba, mis paseos nocturnos por la avenida Corrientes, mis nuevas lecturas. Le hablé de una novela que estoy tratando de terminar: “Flores para Heidegger”.

- Me gusta el título.

Me recitó “Lisa”. Me dijo que en Gerona las mujeres no se depilaban.
- “Flores para Heidegger”. Me llama la atención el nombre.
- Heidegger esta en Buenos Aires buscando una mujer y se involucra en un asesinato.
- ¿Entonces?
- La última llamada telefónica que hace esa mujer es para hacer un pedido de flores.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Una luz se enciende en la oscuridad. Alguien camina ajeno a todo y se pregunta qué hora es. Nadie contesta. Hay un cierto asombro volando sobre la tristeza. Una mujer abre sus piernas y sabe que allí esta el grito de su desesperación. Un hombre ansioso penetra la carne de ese instante. Todo fluye, todo confluye en un ida y vuelta sobre si mismo.

Anochece y el balcón esta protegido por supersticiones inocentes.
Todo fragmento se pregunta por un dios. El diablo es otra cosa.

¿será?

jueves, 4 de septiembre de 2008

Alguien busca en la oscuridad una cabina telefónica. Es de noche y las monedas alcanzan solo para marcar un número. Alguien cruza la calle y un perro ladra a lo lejos. Hace frío. Hay un árbol caído entre las vías del tren. Ese hombre se rasca la cabeza y tal vez, llore imaginando lo que nunca fue. Los sapos saltan en la oscuridad y esa oscuridad adquiere, por un instante, el movimiento de un destino. Nadie atiende y esa ausencia es arbitraria.
Atrás, se enciende un cigarro.

¿Hacia dónde?

L os cables telefónicos caen a plomo sobre los escritorios del cuarto piso. Los carros azules de seis estantes van y vienen y lo úni...